CARTA ABIERTA
Hay preguntas que caen como granadas en la memoria. Una de ellas —incómoda, inevitable— es esta: ¿dónde estaba Octavio Romero Oropesa mientras las redes criminales del huachicol florecían bajo sus narices?
No es una cuestión menor. El hoy director del Infonavit fue durante seis años el mandamás de Pemex, y bajo su mando se juraba que el saqueo al subsuelo había sido erradicado con bisturí quirúrgico. El presidente AMLO lo presentaba como una especie de santo patrono de los ductos blindados. Hoy sabemos que fue un espejismo.
Y no es que el robo de combustible haya desaparecido y luego resucitado. No. Lo que pasó, simple y llanamente, es que con Romero al frente de Pemex, la omisión fue tan generosa como los litros que se llevaban los huachicoleros. Un aplauso, eso sí, al arte de simular eficacia. Porque mientras en las conferencias se presumían cifras de control, en la realidad el combustible seguía fluyendo… pero hacia los bolsillos equivocados.
Las cifras no mienten, aunque durante años se las intentó maquillar. Sheinbaum, con apenas nueve meses de gobierno, ya superó —con creces— lo que los gobiernos anteriores decomisaron en una década.
Más de 69 millones de litros incautados. Eso no habla de un milagro reciente, sino de una larga historia de permisividad. Si de verdad el huachicol hubiera sido sofocado desde 2019, como se dijo hasta el cansancio, ¿cómo se explica entonces esta montaña de hidrocarburos asegurados apenas comenzó la nueva administración?
Lo peor es que a Romero nunca se le exigieron cuentas. Nadie le preguntó cómo fue que, con tantos recursos y tanta confianza, no pudo o no quiso ver lo que estaba ocurriendo en su propia casa. Y mientras tanto, los expertos en seguridad lo dicen con claridad: lo de antes fue una batalla de papel, más bien una convivencia pactada.
Hoy, Claudia Sheinbaum y su equipo —en especial Omar García Harfuch— parecen decididos a meter las manos en el pantano. Con todo y que la lucha sigue siendo desigual, hay señales de que esta vez sí hay voluntad. Pero los resultados contundentes también implican evidenciar el desastre heredado.
Por eso, no basta con incautar: hay que señalar. Y sí, Octavio Romero debe estar en el radar de las responsabilidades, al menos por mirar hacia otro lado.
