La Agenda en Red
La Cuarta Transformación nació como un proyecto ético, casi espiritual, que prometía erradicar la corrupción, dignificar la política y devolverle al pueblo el poder secuestrado por élites. Sin embargo, en los últimos meses, una serie de escándalos han puesto en duda no solo la coherencia del discurso oficial, sino la viabilidad de su continuidad bajo el liderazgo de Claudia Sheinbaum.
¿Qué queda de aquella promesa regeneradora cuando el poder se vuelve cómplice del silencio, la impunidad y el acomodo?
Para comenzar existe una contradicción ética: entre el discurso y la práctica.
Claudia Sheinbaum ha intentado posicionarse como heredera de un proyecto moral, pero ha integrado a su equipo figuras de dudosa reputación.
La protección institucional a perfiles acusados de violencia de género, corrupción o tráfico de influencias contradice el principio de “no mentir, no robar, no traicionar”.
Claudia Sheinbaum ha usado el silencio como estrategia ante los escándalos.
La omisión se ha convertido en una forma de complicidad, y el silencio ante escándalos internos erosiona cada vez más la credibilidad del proyecto.
La protección de los hijos del poder y el nuevo empresariado es otra herencia recibida del tutor que la elevó.
Ahí está un claro ejemplo con Andrés Manuel López Beltrán que ha sido vinculado a una red con amigos empresarios beneficiados por contratos públicos, lo que revive el viejo fantasma del nepotismo y el tráfico de influencias.
Ahora con la desobediencia de los principales dirigentes de la 4T de exhibir sus riquezas mal habida y difícil de comprobar, el escándalo ha mermado a la presidenta de su poder significativamente.
La 4T, que prometía combatir el “capitalismo de cuates”, parece haberlo reinventado bajo nuevas formas.
La Cuarta Transformación enfrenta hoy en estos últimos meses su prueba más dura: la de la coherencia. No basta con ganar elecciones ni con repetir consignas.
El verdadero cambio se mide en la capacidad de corregir, de rendir cuentas, de no proteger a los propios cuando fallan. El proyecto ha fallado. Porque la dignidad ciudadana no se negocia, y la memoria colectiva no lo olvida.
