La Agenda en Red
En un país donde el crimen organizado ha rebasado las fronteras de lo imaginable, ¿cómo se castiga a quien pide auxilio? Hoy, la senadora Lilly Téllez es acusada de traición a la patria por solicitar apoyo internacional para combatir a los cárteles. Absurda esa acusación. Es de preocupar más el silencio cómplice que la voz desesperada.
La confusión es entre pedir ayuda y la de pedir intervención:
Téllez habló de cooperación, no de ocupación.
Confundir esos términos es una estrategia política, no una lectura jurídica honesta
El hacer uso del artículo 123 del Código Penal como arma política es inmoral.
Invocar la traición a la patria para silenciar una crítica es peligroso. ¿Dónde queda la libertad de expresión, la inviolabilidad parlamentaria, el derecho a representar a los ciudadanos desde la pluralidad?
Preocupa cómo se exhibe a Téllez no solo como traidora, sino como una mujer de lo peor. Esa retórica misógina no es nueva: se castiga con más dureza a las mujeres que se atreven a confrontar el poder. No se debate su argumento, se ataca su carácter.
¿Quién traiciona realmente a la patria?:
¿La que pide ayuda para enfrentar a los cárteles, o quienes pactan con ellos desde el poder? ¿La que denuncia, o quienes normalizan el terror en nuestras calles?
No hay que confundir que defender a Lilly Téllez sea por afinidad política.
Se defiende como ciudadano porque el derecho a disentir es sagrado. Porque pedir ayuda no es rendirse, es reconocer que solos no podemos. Y porque exhibirla como enemiga de México es una forma de encubrir a los verdaderos traidores: los que callan ante la violencia, los que prefieren el escándalo al debate.
El publicar esta columna es más que una opinión, un acto de conciencia.
