CARTA ABIERTA
Las peleas físicas suelen ser un espectáculo degradante, y en ocasiones terminan sirviendo como salvavidas mediático. La trifulca entre Alejandro Moreno Cárdenas y Gerardo Fernández Noroña es un ejemplo: mientras el priista buscaba ganar espacio en la tribuna, acabó haciéndole un favor inmenso a su adversario.
Noroña llegaba arrinconado. Su nueva residencia en Tepoztlán, valuada en 12 millones de pesos, se había convertido en un tema tóxico que lo perseguía en titulares, redes sociales y columnas. Se hablaba más de su inexplicable poder adquisitivo que de su papel legislativo.
Sin embargo, bastó un empujón de Alito para que el foco cambiara: de pronto, la noticia no es ya la lujosa residencia, sino el jaloneo en el Senado. El escándalo de la falsa austeridad quedó en segundo plano, sepultado por los videos virales de manotazos y gritos.
Ese impulso torpe del priista, disfrazado de “defensa a Lilly Téllez”, terminó en una carambola política. Permitió a Noroña victimizarse y acusar una “agresión cobarde”, y además abrió la puerta a que Morena plantee un eventual desafuero de Alito, con la Fiscalía de Gertz Manero como juez silencioso que podría capitalizar el momento. El choque físico fue, en realidad, un choque de agendas: la de Noroña, que necesitaba desviar la atención, y la de Alito, que terminó regalándoselo.
El dirigente del PRI, en vez de mostrar temple y prudencia, se retrató como un político atrapado en la ira y en la desesperación. Que además dos de sus diputados se sumaran con zapes y golpes a un pleito callejero, reafirma la imagen de una oposición con los ánimos caldeados.
A la vez, Noroña encontró la coartada perfecta para proyectar disciplina y hasta compasión, porque su bancada ofreció respaldo legal al trabajador agredido y, de paso, condenó la “violencia priista”.
El dato curioso fue la ausencia sospechosa del PAN. Ni Ricardo Anaya ni Marko Cortés se asomaron en la refriega. Dejaron que el PRI cargara con la escena del ridículo y prefirieron la distancia prudente, tal vez para no quedar embarrados en un espectáculo que terminó restando más que sumando.
Alito pensó que subiendo a la tribuna le daría una lección a Noroña, pero lo que logró fue rescatarlo de un tema incómodo y, al mismo tiempo, arriesgar su propio futuro político con la amenaza del desafuero en puerta.
A veces no gana el que golpea más fuerte, sino el que logra desviar el reflector. Y en esta ocasión, Noroña, con una arenga de víctima, termina llevándose el botín completo que llevará al desafuero, no sólo de Alito, sino también de los diputados Erubiel Alonso y Carlos Gutiérrez Mancilla.
El morbo se centra ahora en el 1 de septiembre, cuando las dos cámaras del Congreso de la Unión se reúnan para recibir el Primer Informe Presidencial. Ahí habrá otro show circense.
