—¡Pude hablar con ella! —dijo que me ayudaría porque mi caso era sumamente difícil—. ¡Estaba yo muy preocupada y nerviosa! —añadió—. Ella me transmitió confianza por el alto riesgo de ser yo primeriza.
Todas estas expresiones fueron de María Elena, quien estaba hecha un manojo de nervios porque el bebé estaba atravesado en su vientre y podría tener complicaciones durante el parto.
Quien relata esta historia real argumenta que prácticamente su embarazo no tuvo control médico, pues en el medio rural de donde proviene, muchas veces las cosas se toman a la ligera y se cree que, por ser jóvenes, todo saldrá bien.
Malena, como le dicen cariñosamente, acepta que fue un error total de su parte, ya que, pese a la insistencia de su madre y sus familiares, ella tomaba las cosas con poco interés. Pero después de esta difícil prueba que le puso Dios, ya no echará en saco roto las recomendaciones de sus mayores.
Como toda joven inexperta, María Elena cuenta que, muchos años atrás, cuando era novia del hombre que hoy es su esposo, por cuestiones de la vida y la inmadurez, no prestó atención a los consejos de sus padres sobre cuidarse para evitar problemas en el futuro.
En aquel entonces, al no tomar en serio las cosas, mi prometido me platicaba sobre cómo llevar bien nuestra relación de pareja, ya que habíamos superado el permiso oficial de noviazgo y en un futuro cercano contraeríamos nupcias.
Pero cuando se es joven, uno cree tener el dominio de todas las cosas y a sus pies.
Por cuestiones del destino y la inmadurez, llegó el embarazo, y no estaba preparada. Ni siquiera habíamos tenido pláticas premaritales, mucho menos orientación sobre control médico.
El caso es que salía poco de mi casa, en el medio rural, y el embarazo avanzó con solo una o dos visitas al centro de salud comunitario.
Llegó el momento en que se acercaba el parto, y por consejo de mi abuelita, quien me revisó, dijo que el bebé estaba atravesado y que eso traería complicaciones.
Me llevaron con una partera empírica, y el diagnóstico de mi abuelita resultó cierto.
La partera hizo las recomendaciones de rigor: debía acudir a un hospital para realizarme un ultrasonido y conocer con precisión la posición del bebé.
El asunto fue que, entre indecisiones y la falta de recursos económicos oportunos, el parto dio señales de adelantarse.
Me trasladaron de inmediato a un hospital del estado, pero surgieron complicaciones en el servicio médico. Y como era primeriza, nerviosa, sin experiencia y sin saber qué pasaría, me mandaron a caminar por los pasillos. Así lo hice: caminé bajo la supervisión y la mirada de algunas enfermeras.
De pronto, en el pasillo, me encontré con una enfermera que me dijo:
—¡Tu caso está muy difícil! ¡Es de alto riesgo! Pero yo estaré cerca de ti para ayudarte, porque eres un ángel bueno, y salvaremos a tu angelito que viene en camino.
Llegado el momento, fui conducida al quirófano, y ahí se llevaron a cabo todas las acciones del parto. Fue entonces cuando pude visualizar a aquella enfermera que me había prometido ayuda… Ahí estaba ella, mirándome.
Cuando me dieron de alta, fui a despedirme de los doctores y enfermeras. Hice especial énfasis en saludar y agradecer a aquella enfermera con la que había hablado antes de la operación. Pero a las presentes les pareció extraña mi descripción, porque en la central de enfermería estaban todas, y ninguna de las que estaban allí era la mujer de mi encuentro.
Más aún, les dije:
—¡Tenía otro uniforme! ¡Era distinto al que ahora portan!
Recuerdo muy bien —dijo María Elena— que esa enfermera me preguntó perfectamente:
—¿Cómo me ves?
Y yo le respondí que la veía muy bien, elegante, y con el uniforme impecable.
Claro que en su vestimenta la vi reluciente… no así en su rostro, que estaba un poco pálido. Pero ella se retiró rápidamente al fondo del pasillo.
Las enfermeras presentes se miraron entre sí. Aunque quisieron disimular, pude advertir algo raro en sus rostros… ocultaban la verdad.
Quienes creen saber de estos fenómenos paranormales afirman que en algunos hospitales, no solo de Tabasco sino también de México, ocurren este tipo de apariciones que no todos pueden ver, ya que podrían tratarse de energías residuales por decesos repentinos e inesperados.
¿A usted ya le ha sucedido un caso similar al de María Elena?
¿Le gustaría ser protagonista de una aparición de una enfermera fantasma?
¿Acaso no son los muertos quienes le asustan, sino los vivos?
