La Agenda en Red
En México, el discurso oficial ha dejado de ser diálogo. Se ha convertido en liturgia. Frases como “no mentir, no robar, no traicionar” se repiten como mantras, no para informar, sino para blindar. No se busca convencer al ciudadano pensante, sino reafirmar la fe del seguidor.
Y mientras tanto, seguimos esperando. Esperando inversión real, hospitales con insumos, empleo digno. Lo que llega son megaproyectos que no curan ni alimentan. Lo que se impone es obediencia disfrazada de transformación.
Peor aún, cuando alguien se atreve a cuestionar, se le acusa de traidor, de vendido, o incluso de ejercer violencia política.
La crítica se censura, no se responde. Y eso, en democracia, es peligroso.
La respuesta no puede ser el silencio. Tampoco la descalificación fácil.
Hay que desmontar el discurso con evidencia, con memoria, con dignidad. Porque la lealtad ciega no construye el país. La crítica informada sí.
Y en Tabasco, donde la historia pesa y la conciencia no se alquila, no hay espacio para obedecer sin pensar.
