Apenas tenía yo once años, y todos los días él me pedía que lo siguiera… Su aparición frente a mí era un enigma… Algo impedía que yo fuera tras él. Ese día, entre mi ignorancia y mi inocencia, lo seguí… pero una voz fuerte frenó mi camino.
Este interesante y macabro relato de la señora Gardenia produce escalofríos, pues ella siempre tuvo bajo su tutela a su familia con una metodología antigua, donde los cuidados eran extremos ante niños hiperactivos —y claro, eso no es malo; al contrario, es muy bueno para conservar buenos hábitos de seguridad—.
Pero en esta historia hay algo muy especial: la señora Gardenia nunca antes había expuesto su historia personal, hechos que le sucedieron cuando tenía once años y que hoy, siendo una mujer que inicia su maravillosa quinta década de feliz vida familiar, decide compartir.
Con mucha emoción, nos invita a no perdernos ningún episodio de esta serie de Relatos Macabros, y ha tomado el atrevimiento de compartir con quienes leen estas historias su propia experiencia, tan bien guardada hasta ahora. Como muchas personas han contado sus vivencias en este importante espacio periodístico, ella considera prudente exponerla, pues existen similitudes con algunas ya publicadas —claro, con sus propios detalles de escenarios, horarios, lugares y edades de los protagonistas—, todos ellos de este trópico húmedo.
La señora Gardenia recuerda aquella feliz infancia cuando sucedieron aquellos hechos misteriosos. En aquel entonces vivía con sus padres, y en la periferia estaban las casas de varias tías, en un sector urbano en pleno crecimiento, aunque anárquico: lotes vacíos, otros enmontados, casas abandonadas y comercios fracasados.
Así, aquella niña creció en un círculo familiar muy apegado a las tradiciones de esos tiempos, donde los padres aplicaban medidas correctivas a los menores cuando estos se aventuraban fuera del perímetro autorizado. Claro está que hoy esas correcciones por desobediencia han cambiado e incluso se han penalizado.
Doña Gardenia solía jugar en el exterior de su vivienda con sus muñecas y juguetes propios de su edad, pero inexplicablemente, siempre frente a ella aparecía un adulto de aspecto descuidado. Eso, sin embargo, no le llamaba demasiado la atención, pues era común ver “alijadores” en esa zona comercial, y ella pensaba que aquel hombre cerca de ella era uno de esos “carretilleros”.
Su hogar estaba ubicado muy cerca de donde funcionó durante muchos años la terminal de ADO en Lino Merino, entre Constitución y Pino Suárez; un sector muy activo en diversos productos comerciales y giros mercantiles, como los de don Miguel, don Pepe, doña Tirsa y muchos más.
Doña Gardenia cuenta que, siendo una niña inocente y sin malicia, estaba muy entretenida con sus juguetes, pero aquella silueta masculina siempre estaba frente a ella, a cierta distancia. Sin embargo, su magnetismo era tan fuerte que le producía mucho miedo. Por eso, abrazaba fuerte a su muñeca… pero algo, de manera involuntaria, desviaba su mirada hacia donde estaba aquel hombre.
Cree que, tal vez, a esa edad, solo ella podía verlo… porque muy cerca caminaban su mamá, su papá, sus tíos y primos, y ninguno notaba aquella presencia que ella tenía frente a sí. ¿Sería posible que solo ella pudiera ver esa energía?
Llegó el momento en que aquel hombre —de baja estatura, sombrero ancho, peludo, vestimenta descuidada y ojos saltones— le hizo señas con los dedos de la mano (largas uñas, feas y sucias) para que lo siguiera rumbo a un callejón que comunicaba con varios departamentos del lugar, y luego a un lote cubierto de maleza perteneciente a esas mismas propiedades.
Se incorporó, se puso de pie y dejó su muñeca casi arrastrándola… Pero ella, la pequeña e inocente Gardenia, caminaba con la mirada fija en un solo punto, sin parpadear.
Recorrió todo el callejón y, cuando se disponía a doblar hacia la zona que conducía al predio enmontado, se escuchó una fuerte exclamación:
—¡Gardenia! ¿Qué haces? ¡Quédate quieta! ¿Adónde vas? ¡Espérame!
Al mismo tiempo, sintió un jalón en el hombro derecho que la inmovilizó y detuvo su avance. Era su madre, quien la había estado vigilando y notó su extraño comportamiento.
Su madre la abrazó y la condujo a su vivienda para hacerle una especie de “ensalmada”, mientras rezaba un Padre Nuestro y un Ave María.
Pronto llegaron los demás familiares, y entre todos, la pequeña Gardenia pudo contarles acerca de aquel hombrecito de sombrero, feo, peludo, con uñas largas y mal aspecto, que se le aparecía todos los días y que ahora la había llamado… ¡para llevársela!
Quienes entienden de fenómenos paranormales consideran que, en ese sector de la vieja Villahermosa —antes de adquirir el potencial comercial que después desarrolló—, había propiedades abandonadas y lotes enmontados… lugares donde aún persistían energías residuales que, con el lento crecimiento comercial de la época, redujeron su espacio de actividad.
¿Usted vivió por este sector y también los duendes le hicieron travesuras? ¿Fue dueño de algún local comercial con duendes en su interior? ¿Sabe de otros casos de apariciones paranormales en esta zona?
