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Hay momentos en que la incoherencia deja de ser un error personal y se convierte en algo normal. No es que alguien se equivoque. Es que todo está diseñado para justificar lo que conviene y condenar lo que estorba.
Hoy, muchas personas defienden lo que antes atacaban.
Justifican lo que antes les parecía inaceptable.
Y lo hacen sin pudor.
La vergüenza ha sido desplazada por la conveniencia.
La ética pública se ha vuelto selectiva. Se aplica según el color, el cargo, el grupo. No según el acto.
Y eso tiene consecuencias graves: se rompe la confianza, se debilita la ley, se normaliza el cinismo.
Vivimos en una época donde cada quien defiende su verdad como si fuera absoluta.
No hay espacio para el diálogo, para el reconocimiento de errores.
Todo se convierte en guerra de bandos.
Y en esa guerra, la coherencia estorba.
Pero hay algo todavía más profundo: cuando la incoherencia no solo se tolera. Se premia.
Quien cambia de postura según le convenga, quien calla cuando le toca hablar, quien ataca lo que antes aplaudía, suele avanzar más rápido.
Porque el sistema recompensa la lealtad ciega, no la ética firme.
Y eso nos pone frente a una pregunta incómoda:
¿Queremos seguir construyendo país sobre la base de la simulación?
¿O vamos a exigir coherencia, aunque incomode?
La coherencia no es perfección. Es consistencia entre lo que se dice y lo que se hace.
Es tener principios, no solo discursos.
Es aplicar la misma vara, aunque duela.
En tiempos donde todo se disfraza, ser coherente es un acto de resistencia.
Y exigir coherencia, en estos tiempos, es un deber ciudadano.
