La Agenda en Red
La semana pasada viajé a Chetumal, Quintana Roo, por una cita médica. Fui en autobús, evitando arriesgar el carro en la peligrosa carretera vía Escárcega.
El trayecto, que normalmente se hace en cinco o seis horas, en auto, se volvió eterno. El autobús, que suele ir a 95 km/h, recorrió los 600 km apenas a 70 km/h. promedio. ¿La razón? El pésimo estado que guarda la carretera.
Conozco bien ese camino. Lo he recorrido muchas veces. Pero esta vez, el deterioro era tal que en al menos en tres ocasiones el autobús cayó en baches tan profundos que el golpe se sintió como si la llanta fuera de concreto.
Imaginemos el tamaño del bache y de una llanta de autobús. Imaginemos el golpe.
Y como suele pasar cuando uno viaja preocupado, no pude descansar. Pensé. Cavilé. Pensé en el Tren Maya.
Pensé en los más de 600 mil millones de pesos que se gastaron en un proyecto que, además de dañar la ecología y el ecosistema de toda una península, dejó de lado lo más urgente: la conectividad terrestre.
Todo el sureste lo sabe: desde que termina la autopista de la CDMX hasta Córdoba, Veracruz, empieza el suplicio.
Pasando Villahermosa, la carretera se vuelve un riesgo. Dos carriles y a acotamiento, sin control vial, con autos y camiones que van a alta velocidad sobre asfalto roto.
Cada semana hay accidentes y en algunas veces fallecen gente humilde que no puede pagar otro tipo de transporte.
Y cada vez que leo esas noticias, me pregunto:
¿Quién carajo es el responsable de que esto siga ocurriendo?
La necedad pudo más que la congruencia.
Ese juguete llamado Tren Maya, que según cifras “oficiales” traslada a millones, ha sido un gasto descomunal que solo trae pérdidas a las finanzas públicas.
Y lo peor: fue el capricho de un presidente que quiso ser diferente, pero que no se atrevió a escuchar a nadie.
El capricho nos salió caro.
Y nos sigue saliendo caro.
En todo sentido.
Esa gran cantidad invertida alcanzaba perfectamente para comunicar con autopistas a toda la península de Yucatán.
Y así se quedó, y se quedará..
