TAXIDERMISTA DE PALABRAS
En el capítulo segundo del libro primero de sus “Comentarios reales”, el Inca Garcilaso de la Vega plantea una pregunta que intrigó a la humanidad durante siglos: “¿Existen las antípodas?”. Su respuesta, escrita con la autoridad de quien conoce dos mundos, no deja lugar a dudas: siendo la Tierra redonda, ciertamente las hay.
Pese a lo anterior, el escritor e historiador reconoce que la imposibilidad de recorrer todo el hemisferio austral impide precisar qué provincias se corresponden punto por punto. Lo cautivador de su reflexión no es solo su intuición cosmográfica, sino la forma lingüística en que la expresó: “las” antípodas. Sin proponérselo, Garcilaso se adelantaba a un cambio gramatical que tardaría siglos en asentarse.
La palabra “antípoda” viene del griego “antipodes”, es decir, “anti” (opuesto) y “podes”, derivado de “pous” (pie). Literalmente designa a quienes caminan “con los pies contrarios”. El latín tardío la adoptó como “antipodes”, y aquí aparece el primer enigma: ¿de dónde salió esa “-a” final en castellano, si la forma griega no la tenía?
El gran etimólogo Joan Coromines aclara el misterio: la terminación proviene de la expresión latina “ad antipodas” (hacia los antípodas). Aunque la palabra era masculina, aquella “-a” final generó confusión en español, lengua que suele asociarla al género femenino. Esa discrepancia acabaría, con el tiempo, inclinando la balanza hacia el cambio.
Por largo tiempo, la palabra se empleó en masculino. Desde comienzos del XVI, “el antípoda” o “los antípodas” aparecen con naturalidad en los textos de Cervantes, Lope de Vega o Quevedo. Lo mismo harían después Moratín, Unamuno y Ortega y Gasset. El término servía tanto como adjetivo (habitante antípoda) como sustantivo, ya fuera para aludir a los moradores de un punto diametralmente opuesto en el globo o, en sentido figurado, a quienes encarnaban posturas irreconciliables.
No obstante, las lenguas, como los ríos, cambian de cauce. En las últimas décadas del siglo XX comenzó a imponerse la feminización “las antípodas”, sobre todo en su acepción geográfica. La fórmula “estar en las antípodas” se consolidó como locución adverbial para hablar de lugares remotos y también para expresar oposición radical. Los puristas protestaron, pero el uso popular y literario era ya imparable.
Julio Ramón Ribeyro, considerado uno de los mejores cuentistas de la literatura latinoamericana y agudo observador del idioma, empleó la expresión en múltiples ocasiones. Desde Amberes, en 1957, describía a su jefe como “un hombre magnífico, pero situado en las antípodas de mi persona”. Y años después, al reflexionar sobre Italo Calvino, confesaba: “lo que él escribe actualmente está en las antípodas de lo que yo hago”.
La Real Academia Española, sensible a la vitalidad de la lengua, zanjó la cuestión en 1992: reconoció como válidas tanto “en los antípodas” como “en las antípodas”. Con ello dejó claro que el idioma no es un museo de formas muertas, sino un organismo vivo, cuya norma se escribe a partir de los usos compartidos por los hablantes.
La historia de “antípoda/antípodas” nos recuerda una verdad esencial de la lingüística moderna: las palabras, como las personas, tienen derecho a reinventarse. Quizá Garcilaso, al escribir “las antípodas” en pleno siglo XVI, no imaginó que se adelantaba cuatro siglos a la norma académica. O tal vez sí, y en su oído mestizo resonaba ya la música de una lengua en transformación, tan cambiante y esférica como la Tierra misma, con sus pueblos, sus hemisferios y sus pies encontrados en polos opuestos.
