Desde acá
UNO. Esperar que un funcionario, de la talla que vista, pregunte a sí mismo: ¿Quién soy?, puede atraer desesperanza mayúscula.
DOS. Sugerir El mundo de Sofía, de Jostein Gaarder, poniendo entre manos la novela, podrá llevarlo a decir, sin pensar dos veces, que pesa mucho y san se acabó.
TRES. El paquete, en efecto, de responder ¿Quién soy? es harto pesado, por lo general.
CUATRO. -Caray, no lo había pensado- diría para sus afueras el interpelado.
CINCO. La filosofía, tan natural, forma parte del individuo, sin que éste, por despiste, lo advierta. Nada qué ver con El Espantapájaros, filósofo de paja, de Gibrán Jalil Gibrán.
SEIS. De donde viene que a cada enlace generacional ocurra, de vez en cuando, aceptar que la pregunta susodicha está, de vuelta, tapada de la boca…
SIETE. No dispuesta, pues, a poner en orden valores, a fin de esclarecer problemas, gusten o no.
OCHO. Puede afirmarse, a partir de casos diarios: la vida pública no sólo atañe a políticos sino al ser humano, en distintas posiciones.
NUEVE. Y para nadie es común revisar en lo posible su conducta, a partir de ¿Quién soy?
NUEVE. Lo que se dice para nadie y, de suerte muy especial, para aquellos que llegan “por invitación” o búsqueda a un encargo público.
DIEZ. Es en ese caso que la vida cambia de un jalón, al punto de no disponer de tiempo sino para la encomienda.
ONCE. No hay tiempo en razón de que, bajo el peso de la costumbre, tareas de interés público ocupan veinticuatro por veinticuatro, sin cuarenta y ocho de descanso.
DOCE. El mundo del encargo tiene sus bemoles absorbentes y para ejecutarlos se hace necesaria la diferencia entre tener instrucción para su desempeño o estar a expensas de recibir instrucción. En México esa palabra, a toda escala, es recurrente.
TRECE. Ahora bien, o mal, si al ciudadano que otorga poderes de carácter oficial se le ocurriera preguntar a funcionario público, ¿Quién eres?, podría ello hasta meterlo en camisa de once varas.
CATORCE. Y por qué la pregunta de ¿Quién eres? ¿Por qué, si aquí todos nos conocemos?
QUINCE. Enseguida tunden ahí respuestas, no del interpelado sino de quien cuestiona.
DIECISEIS. Bastaría escarbar por encimita, nada más y…
DIECISIETE. -Pues porque desde el nombramiento has cambiado tanto que ni en casa te conocen… que en el mundo del encargo, muchos dejan de ser…
DIECIOCHO. Y así por estilo.
DIECINUEVE. ¿Cómo ayudar, luego entonces, a la ubicación propia dentro del mundo del encargo, que, por lo visto, no es el de Sofía? ¿Quién soy? ¿Quién eres?
VEINTE. Pendientes, muy pendientes de no tropezar pies y cabeza. Nada dulce. Ni tan picante que digamos…
