Había tomado varias cervezas, ¡pero no era para perder el conocimiento!… En esa ocasión me propuse dejar la bebida sin necesidad de juramento… A la salida del bar, ¡aquel personaje cambió el rumbo de mi vida!… Escuchaba hablar de él, pero jamás me imaginé dialogar y discutir con esa tenebrosa entidad.
Ramón, desde muy joven, se inclinó por la bebida, pues se movía en un círculo muy pequeño donde el vicio del alcohol era «común» y, para algunos, no representaba ninguna adicción ni problema en su vida.
Estos son los antecedentes personales de don Ramón, quien, después de muchos años, abre su corazón para contarnos un episodio tenebroso que vivió hace algunos años, experiencia que no olvida porque las circunstancias fueron elementos para que cambiara el rumbo de su existencia.
Acepta don Moncho que, en efecto, de no haber sucedido aquella amarga y terrible experiencia, ahora estaría muriendo con cirrosis u otra enfermedad provocada por el alcohol.
Triste y pensativo por aquellos malos tiempos en que estaba perdido por la bebida, llegó el momento en que tomaba aguardiente de caña y hasta pedía algunas monedas a los amigos cercanos para conseguir alcohol o, de plano, compraba de aquella loción verde o amarilla que luego filtraba en un bolillo… «Se imagina hasta qué grado estaba yo metido en la perdición».
Todo empezó cuando disfruté a lo grande una buena tarde con el dinero de mi quincena.
Para mí, dice don Ramón, el ambiente en esa cantina de la calle Constitución, muy cerca del viejo malecón, era inigualable porque ya me conocían y dejaba buena propina.
Siempre estaba rodeado de amigos que levantábamos la botella de cerveza para brindar y celebrar cualquier tema, y seguir el entretenimiento de largo y hasta la medianoche; aunque cerraban en cumplimiento del horario legal, para nosotros la fiesta seguía de manera permanente hasta altas horas de la noche, ya estuviera en la banqueta o cualquier calle del sector… Nos la ingeniábamos para evitar ser molestados por los policías.
Desde que llegué a esa acostumbrada cantina que era mi preferida, noté la presencia de un hombre vestido de negro con mirada penetrante, y como yo estaba con mis amigos pude ignorarlo el mayor tiempo posible… Hasta se me olvidó su presencia.
Llegó el momento en que el dinero ya era escaso, además de que teníamos que pagar casi el doble para que en algunas casas cercanas nos vendieran más cervezas.
Algo muy extraño que pude observar entre mi borrachera, era que aquel hombre vestido de negro, ahí estaba a cierta distancia de donde nosotros estábamos, en una parte de la calle, muy cerca del malecón.
Al no poder adquirir más «bebidas espirituosas», hicimos la clásica retirada entre los cuatro que aún quedábamos tomando cheves… ¡Aquí se rompió una taza, y cada quien para su casa!
Dos de ellos tomaron el rumbo hacia el mercado Pino Suárez, el tercero agarró hacia la avenida Méndez y yo crucé la calle y me fui por todo el malecón de esta capital.
Asegura don Ramón… «Iba yo perdido en el alcohol… Desde luego, sin temor a caer al piso, y aunque me balanceaba de lado a lado, podía ver con dificultad sin perder la trayectoria».
De pronto volteo hacia atrás y me doy cuenta de que aquel desconocido me seguía a prudente distancia y yo, con el cerebro atrofiado por tanto alcohol, logro parar mi caminata y le grito: «¿Qué diablos quieres tú? ¿Por qué me vienes siguiendo? ¡No te debo ni me debes! ¿Qué es lo que te pasa y por qué vienes atrás de mí?»
Y es entonces cuando aquel enigmático personaje me responde: «Ya mencionaste mi nombre y te estoy esperando para llevarte. Eres una persona perdida y sin futuro, que le estás haciendo mal a tu familia. Por eso te estoy esperando, porque este tipo de almas perdidas hacen más bien no estando en este mundo terrenal.»
Ramón, al oír todas estas diabólicas expresiones del desconocido, lo quiso sorprender y le dijo que se acercara para platicar más cosas.
Este personaje, sabiendo que un borracho no tiene palabra, se aproximó un poquito a Moncho y este se estremeció al sentir un fuerte olor que se desprendía del desconocido.
Entre su arranque de embriaguez y creyéndose «valiente», Moncho trató de sorprender al desconocido y le lanzó un golpe, pero fácilmente fue esquivado por aquel.
Moncho se decepcionó al no lograr su objetivo y emprendió de nuevo su camino sobre el malecón.
Al llegar por el sector de la calle Vásquez Norte y subir hacia la Plaza de Armas, comenzó a caminar un poco más acelerado a medida que se lo permitía el alto grado de alcohol consumido horas antes, que, por cierto, ese efecto etílico en toda su humanidad ya estaba disminuyendo con toda la situación que estaba enfrentando… Con ese desconocido con un fuerte olor extraño que no identificaba.
De pronto, sus pasos se encaminaron ya no frente al Palacio de Gobierno, sino que, en un momento dado, dio marcha atrás y, sin querer queriendo, no sabe cómo y por qué, avanzó rápidamente ante la presencia muy cercana del personaje que no lo dejaba en paz.
De pronto se encontró en el atrio de la iglesia de La Purísima Concepción y, tratando de esconderse de aquel personaje maléfico que lo seguía, se acomodó en un rincón de una jardinera muy próxima a la puerta principal… Se encogió de piernas y con sus brazos pudo abrazar sus extremidades inferiores.
Desde esa posición alcanzó a ver que el misterioso hombre lo observaba, pero no se atrevía a acercarse más al templo religioso ni a él… Ahí le «cayó el veinte» de que ese olor penetrante era azufre y se dio cuenta de que eso era «el Diablo».
Así amaneció un rato y, como los feligreses acostumbran a llegar muy temprano a su santuario religioso, se despertó y vio claramente cómo todas esas personas lo miraban con mucha piedad e incertidumbre, porque su ropa mostraba que no se trataba de un indigente.
Mientras la iglesia La Conchita recibía con las puertas abiertas a todas estas personas, tuvo tiempo Ramón de entrar para meditar, pensar y reflexionar todo lo sucedido la noche anterior… Juró alejarse de las bebidas, cuidar y estar pendiente de su familia y no derrochar el dinero de su trabajo con amigos que en nada lo ayudaban.
Ahora Moncho ya es otra persona y, claro, prueba una cerveza solo en alguna ocasión especial y en familia… Sin pasarse de una. Acude a la iglesia y no está nada arrepentido de haber dejado el vicio, porque ya era un problema para su esposa e hijos y familiares en general… El susto recibido enderezó su camino.
Quienes creen saber de este tipo de sucesos, consideran que la aparición del Diablo a Moncho fue motivo suficiente para poner los pies sobre la tierra y dejar el vicio… Porque estuvo a punto de que el rey de las Tinieblas se lo llevara.
¿Usted tuvo ya una experiencia similar y no fue suficiente para dejar el vicio? ¿Un desconocido como el de esta historia no se lleva a nadie? Si se le apareciera un personaje maléfico como el de este caso, ¿usted lo mandaría a freír espárragos?
