DESDE ACÁ
UNO. Las ciudades no pueden conocerse, en el sentido bíblico, no más de pasadita, ni por obra y gracia del Espíritu Santo.
DOS. Viajar tiene lo suyo, tomando nota de qué lugares identifican al sitio visitado. Junto con “ir repartiendo pedazos de corazón”.
TRES. Hasta en la localidad más pequeña, suelen haber distintivos que exhiben usos, costumbres, tradiciones y leyendas.
CUATRO. Interesarse en conocer esos puntos no podría ser sólo a partir de folletos vistosos
CINCO. Esto es: no bastaría con leer y releer y además empacar catálogos en equipajes. Vivencias son vivencias.
SEIS. Para vivir un viaje y no tirar al olvido caracteres que realmente hablen de cada lugar, tiene que haber curiosidad, no digamos socrática, por llegar a espacios que formen parte de su esencia.
SIETE. La lista de tales espacios no deviene en ser corta ni larga.
OCHO. Hablemos, pues, de jardinería, limpieza de calles, parques, juegos infantiles, electricidad, mercados y panteón, sólo por mencionar los más comunes.
NUEVE. Del uno al siete, aludiendo a dicha lista, todos ocupan valoración de conjunto.
DIEZ. Sin tela de duda, los municipios mexicanos y desde luego sus villas y ciudades, cuentan con órganos de gobierno autorizados para aprobar y publicar normas tendientes al cuidado de servicios básicos.
ONCE. La clave está en que al nombramiento del responsable correspondiente, avalen ganas y capacidad de cumplir la encomienda.
DOCE. Esto, sin pasar por alto que las campañas políticas generan, en general, lastres que a su vez ganaron a pulso el derecho de ocupar determinada posición.
TRECE. Pese a todo, no pocos visitantes, que los hay con independencia de aforos turísticos, fijan los sentidos en qué bien o mal lucen jardinería, limpieza, mercado público, el panteón…
CATORCE. Son caracteres citadinos que hablan de la infraestructura lugareña, pero, además, reflejan la idiosincrasia de vecinos.
QUINCE. Ver solares y casas o comercios sin mantenimiento, llega a compararse con malos hábitos de quien o quienes por ahí la llevan.
DIECISEIS. De los diversos caracteres que definen a un lugar y sus pobladores, dos de ellos no dejan de tener importancia sobresaliente en todos sentidos.
DIECISIETE. El primero atañe a mercados públicos que, por supuesto, deben lucir limpios y ordenados de continuo.
DIECIOCHO. En seguida es el panteón municipal, alineado y con calles de normal ancho para no tropezar de tumba en tumba.
DIECINUEVE. Muchos mercados dejan mucho qué desear y, salvo el Doce de diciembre que lucen adornados y con música Guadalupana, los demás días están pal perro.
VEINTE. Ahora que, tratándose de panteones, apenas si unos días antes del dos de noviembre, son atendidos por encimita, a veces hasta aplicándoles herbicida y con baños destartalados hasta el límite de oler para creer…
