Nos internamos en la selva para acampar, ¡pero una cosa nos perseguía! Nos habían platicado de ese personaje, ¡pero nunca pensamos que nos asustaría! Es horrible ese ser con voz de trueno, ¡y casi nos alcanza! ¡Toda una pesadilla esa excursión con nuestros amigos en la Sierra!
Alberto es un joven atleta que practica senderismo con un grupo de jóvenes al igual que él, pero todavía recuerdan esa desesperada experiencia que vivieron en aquella zona selvática de la geografía tabasqueña.
Fue un día inesperado que nos encontrábamos en el estacionamiento del parque La Choca, cuando varios amigos que tenemos motocicletas y que participamos en algunas «Rodadas» pensamos hacer una excursión por el rumbo de Teapa.
Manifiesta Alberto que todos mostraron gran interés, porque aunque varios ya habían tenido alguna experiencia, para otros sería la primera vez en participar en esta mecánica de convivir con la naturaleza de manera intensa.
En esta ocasión nos fuimos en dos camionetas y dejamos las motocicletas para tener mayor capacidad de accesorios y equipo para acampar.
Fue el amigo Sergio quien ofreció la alternativa de acudir a un rancho de su tío Pedro en la sierra de Teapa… y así no andar buscando un lugar desconocido.
De la misma forma, todos acordaron esa formidable opción para acampar, porque así aprovecharían las primeras vacaciones de este año 2025… que fueron en julio y agosto recientes.
Como niños primerizos todos estábamos contentos, porque en motocicletas habían salido a algunas partes del norte de Chiapas y volvíamos ya en el crepúsculo.
Al llegar a la serranía y ubicarnos en el rancho del tío de Sergio, nos presentaron a Amílcar, que resulta ser el encargado de esas instalaciones de don Pedro.
Para entonces, Amílcar siguió instrucciones de su patrón para localizar una zona donde pudiéramos disfrutar de la vegetación, y tener una agradable estancia y divertidas vacaciones, alejados del bullicio de la ciudad y la plancha de concreto.
Amílcar, antes de partir al lugar seleccionado, tuvo una pequeña charla con todas y todos, porque estaban integradas dos señoritas, una estudiante de biología y la otra ya era una profesional universitaria; los otros éramos cinco muchachos.
De tal forma que Amílcar nos «cantó» la cartilla de unos detalles para seguridad de todos, como evitar desplazarse a más distancia de donde estaríamos, siempre caminar en pareja, portar linternas, un machete y navaja para cortar leña o alguna fruta de la temporada… pero de ninguna manera salirse del perímetro que se nos marcó.
Desde luego que surgió la duda y la incertidumbre del porqué no alejarse de la zona, a lo que el encargado del rancho nos explicó que hay culebras, tarántulas, armadillos, recordándonos que es un lugar selvático donde muchas veces la propia naturaleza esconde sus secretos con algunas energías o presencia de «cosas raras».
Al llegar con cierta dificultad del camino con ambas camionetas a la zona seleccionada, descargamos todo el equipo y nos instalamos en tan poco tiempo.
Comenzó la organización del grupo, unos para ir por un poco de leña, otros a supervisar los alrededores, no faltó quien con cierto miedo checara el lugar para un probable escape en caso de una urgencia o contingencia inesperada.
Hablamos de la comida y quién cocinaría o lo llevaríamos por turnos, el abastecimiento de agua y refrescos, bolsa para basura, la iluminación nocturna, porque nos quedaríamos dos días con sus noches.
La primera comisión al exterior fue designada para mí (Alberto) y la compañera Selene, ambos iríamos por una buena dotación de leña para las fogatas en la noche, y quienes quisieran quedarse afuera disfrutando de la Luna y su resplandor a través de las ramas de los árboles y la espesa vegetación.
Dice Alberto que con machete en mano, navajas, cuerdas, costal y linterna, iniciaron la búsqueda de palos y todo lo que sirviera para el fuego.
En la vereda había poco material, de tal manera que decidimos salirnos unos metros del camino al ver un tronco seco.
Afortunadamente habían excelentes ramas y del tronco pudimos cortar pedazos de buen tamaño que pudiéramos cargar hacia el campamento.
¡De pronto, escuchamos una rama quebrarse cerca de nosotros! ¡Dejamos de accionar el machete y nos quedamos en silencio!
Selene, como buena estudiante de biología, agudizó su oído y me señaló hacia unos arbustos… ¡había alguien detrás de ahí! Lanzamos un palo de nuestra leña y entonces escuchamos pasos sobre la hierba seca… ¡en efecto, alguien nos estaba siguiendo a cierta distancia!
De inmediato, dice Alberto, tomé mi celular para hablarle a los demás… ¡ohhh! ¡No había señal! ¡Estábamos incomunicados!
Poco a poco fuimos armando nuestra carga de leña con mecate… calculando el peso que en un momento dado nos permitiera correr de ese lugar.
De tal forma que Selene y yo nos organizamos… hablando en voz baja… ¡el susurro de nuestras voces solo ambos lo entendimos!
Dejamos otras dos cargas y antes de emprender el retorno al campamento… ¡lanzamos varios palos hacia donde había ese ruido y presencia!
Comenzamos a correr y «eso» que nos había asustado… ¡se nos apareció de frente en el camino! ¡Era un ser muy alto… cubierto de una especie de «follaje» y mucho monte! ¡No estaba vestido con ropa alguna… solo follaje! ¡Sus extremidades inferiores estaban al revés! Es decir, las plantas de sus pies no eran normales, ¡estaban para atrás y así caminaba y corría!
Ante esta difícil situación, Selene y yo dimos marcha atrás y nos escondimos detrás de unos enormes árboles de mangos, mientras ese misterioso personaje tomaba otra dirección.
En una pausa de la angustia por el susto, tomamos nuestra carga y acordamos no parar la carrera por ningún motivo.
De reojo miramos hacia atrás y a lo lejos vimos la figura siniestra de ese monstruo, que nos perseguía a la vez que gemía sonidos como truenos y gritos muy raros que no entendíamos.
Logramos llegar al campamento, nuestros amigos estaban muy preocupados y alarmados, porque habíamos tardado y también escucharon ese ruido proveniente de la humanidad de ese ser desconocido.
Nos abrazaron los muchachos y les explicamos lo sucedido, al tiempo que también por otro lado estaba llegando al lugar Amílcar al escuchar todo el alboroto.
Selene y yo comentamos el suceso y fue cuando Amílcar nos ilustró que esa cosa no hace nada, pero sí asusta, y de todos modos debemos estar atentos, porque su figura cubierta de follaje espanta al más valiente.
Nos explicó Amílcar no habernos puesto en conocimiento de esa presencia, porque en ese instante de haber llegado nos retiraríamos ya que habíamos hecho el campamento, y don Pedro me hizo la observación de estar al cuidado de ustedes.
También el encargado del rancho nos detalló que a ese ser lo conocen en el campo y la selva como Che Uinik, es similar a Pie Grande en otras latitudes, pero que Che Uinik es propio de las zonas montañosas y selváticas del Sureste de México y otras regiones.
Ante tal situación, Amílcar, para que nosotros siguiéramos con nuestro campamento los dos días, se quedó ayudándonos… porque todos temblaban de miedo y con el temor de que esa «cosa» volviera… se quedó en el exterior de las tiendas de campaña haciendo guardia toda la noche. Después de ese terrible suceso solo escuchábamos esos «truenos» pero no lo vimos.
Luego de dar las gracias y ya en la ciudad, nos reunimos de nuevo en el estacionamiento del parque La Choca… ¡y todo quedó como un susto… un sobresalto… y una anécdota inolvidable!
Trascendió que de ese grupo de fallidos excursionistas, algunos ya no han retornado al parque y se desperdigaron en otros grupos de motociclistas que van a las «Rodadas», pero vuelven el mismo día.
Ese personaje extraño, según historia de los mayores que son del campo, aseguran que es común su aparición, porque se le considera El Dueño del Monte y donde menos se lo imagine usted, aparece en cualquier rincón de la sierra, la selva, la vegetación y donde la naturaleza sea abundante… porque, ¿de que existe? ¡Es toda una realidad! Y los campesinos, los ganaderos, los ejidatarios, los cazadores, los labriegos y los rancheros lo saben… ¿y usted?
