Pensaba que por trabajar cerca de los muertos ¡ya lo había visto todo!… Nunca me imaginé que a mí me sucediera este enigmático e indescifrable encuentro. Tuve que llegar a lo más alto de la autoridad religiosa para que me ayudaran: ¡una terrible experiencia, única e insólita que solo porque fui el protagonista me la creo!
Esta historia real es narrada por Jorge Alberto, un amigo que hace algunos años tuvo como trabajo estar y atender muy de cerca a personas fallecidas.
Hoy en día, alejado de aquella actividad, conduce un automóvil de alquiler sin mayores sobresaltos por un difunto… que por el de algún «vivo» que no quiera pagar completa su tarifa del viaje.
Pero nuestro entrevistado es una persona con mucha filosofía sobre lo que es la vida, aunque su oficio era estar prácticamente frente a la muerte, porque embalsamar cuerpos de personas fallecidas no es cosa fácil: aunque los muertos ya no hablan, debe manejarse con mucho cuidado y respeto ante todo.
»Fueron muchos años», asegura don Jorge Alberto, «que le tomé mucho sentido y responsabilidad a mi quehacer, aunque para algunas personas lo rechacen, por no ver tan de cerca y tratar a una persona sin signos vitales, al que hay que preparar para tenerlo en condiciones de la ofrenda luctuosa, con sus familiares y amigos.»
»Nuestra labor», subraya el protagonista de la narrativa, «es muy importante, porque nosotros no sabemos de colores, clase social, político ni económico. Quienes tenemos esta actividad debemos cumplir con mucho profesionalismo para que al momento de entregar el cuerpo, de nuestra área a la capilla correspondiente, dicha imagen sea impecable y cumpla con todos los estándares de pulcritud e imagen. Y sí, es muy delicada esta parte del manejo de un difunto.»
Ya acostumbrados a este mecanismo de trabajo, al estar en contacto con el cuerpo de la persona para atender, se cubren con las medidas de higiene personal y salubridad durante esta acción.
En una ocasión, después de cubrir dos encargos y sin reposo alguno, afirma nuestro entrevistado, me trasladé a una habitación reservada para una pausa laboral, y al tratar de descansar, apenas me había sentado, cuando algo poderosamente me hizo lanzar una mirada al fondo del cuarto.
Ahí en ese rincón de la habitación… estaba parado un niño con su mirada clavada en mi persona. Por puro reflejo de la inercia, desvié la mirada a otra parte del cuarto.
¡Ya repuesto de la sorpresa, vuelvo a ver hacia ese lugar, y ahí estaba de nuevo el niño! ¡Síííííí, ahí estaba ese niño de aproximadamente 8 años!
Mi pensamiento daba vueltas buscando las razones obvias de esa aparición de un niño en la habitación, cuando no había nadie más que yo… ¡solo yo!
Muy preocupado y ocupado en estos momentos, me trato de serenar y le pregunto: «¿Qué haces aquí, niño? ¿Qué quieres? ¿En qué te puedo ayudar?»
No respondió nada… ni movió ningún gesto de su cara ni su cuerpo.
Al ver que no respondía, procedo a acomodarme y arreglar un poco el lugar para descansar un ratito.
De pronto ese niño desapareció… ¡ya no estaba! Pero esa aparición del niño desconocido se repitió dos veces más… pero en la segunda vez tampoco habló, ¡pero se le escurrieron las lágrimas!
Para no dar más tiempo a este suceso, es cuando me traslado a la Catedral del Señor de Tabasco y lo comento con un sacerdote, quien tampoco encuentra explicación alguna al asunto, pero me recomienda hablar con el obispo de ese entonces.
Hago contacto con el jerarca de la Iglesia católica en la entidad y, también un poco confuso, medita y reflexiona para darme varias indicaciones.
Llega la tercera aparición de este niño en la misma habitación y teniéndolo frente a mí, en ese ínterin pienso que creía haber visto todo lo relacionado con la vida y la muerte, pero no era así.
Dando cumplimiento a las indicaciones del señor obispo, de inmediato enciendo una veladora al pie del niño, ¡quien me miraba fijamente!
Inicio rezando el Padrenuestro, luego el Avemaría y cierro con el Yo pecador…
De pronto y sin quitarle la mirada de encima a la imagen de este niño, coloco un poco de agua bendita al frente y a su alrededor y, ¡de manera increíble, la figura de esa criatura comenzó a «esfumarse» frente a mí y mis ojos! ¡De verdad, fue desapareciendo y no lo creía!
Nunca más se presentó ese niño enigmático, sin saber qué quería, por qué no hablaba y por qué conmigo.
Dejé pasar varios días y de nuevo acudo ante el obispo, quien me comentó que la aparición de ese niño era un «angelito» que no tenía reposo y quería descansar para no ser un ánima en pena… «¡Y te escogió a ti, que actuaste como buen samaritano y con un corazón grande de humildad! Ese niño encontró la luz de la paz y ya descansa.»
Quienes creen saber de estos fenómenos paranormales, consideran que estas energías están en el aire, y el hecho de la aparición ante Jorge Alberto, pudo ser por el trabajo que él desempeñaba de estar entre la vida y la muerte.
¿A usted ya se le apareció así un ánima de un niño buscando la paz? ¿Cuál sería su actitud ante un caso similar? ¿Haría usted lo mismo que Jorge Alberto?
