Primero fue inquietante por la sorpresa, pero luego ¡fue fascinante!… ¡Hermoso detalle de mi abuelita demostrándome su cariño!… ¡Hasta la rezadora vio cuando ella me tomó de la mano!
Don Rubén es un hombre que toda la vida fue agradecido con sus padres y apegado a sus familiares. En una charla de hace pocos días, nos platicó la narrativa de un hecho excepcional e increíble del que él fue testigo, y que le pasó a su hija, debido a que ella de una u otra manera, tuvo mucha cercanía con su abuelita que ya no está entre ellos pues Dios Padre Celestial la llamó a su reino.
Recuerda don Rubén que cada fin de semana acudía a casa de su señora madrecita, para convivir con toda la familia.
Pero algo especial que tiene presente y que ya no volverá a repetirse, es que para estas fechas próximas a la celebración a la memoria de los Santos Difuntos, su madrecita y él, tradicionalmente y de manera especial, elaboraban los tamales y maneas de estas fechas. La armonía y ese gusto del trabajo por hacer los tamales de masa colada con guiso de mole especial, así como las maneas de carne deshebrada de cerdo o gallina, con chipilín y cebollín, ya sea blanca o «coloradas» era un privilegio único, porque esa especie de «ritual» era disfrutado al máximo.
«Mi madre y yo», dice don Rubén, «le poníamos mucho empeño al sabor, al guiso y que cada bocadillo fuera consumido por los familiares y sin dejar un solo pedazo… le colocábamos nuestro sello personal en su sazón… sin ser profesionales de la gastronomía».
En ese ínterin de la elaboración de los tamales y las maneas, mi madrecita y este servidor, teníamos una charla sobre la situación del lugar, el quehacer de la familia, las actividades diarias del hogar, quiénes se llevaban bien o mal, quiénes hacían travesuras y a quiénes aplicarles correctivos simbólicos, lo que hacía falta o sobraba y, desde luego, los recuerdos de los familiares ausentes cuando convivíamos para estas fechas sagradas.
Afirma don Rubén, que nunca estuvo alejado de su madrecita, aunque claro, también él tenía su familia que atender y así lo hacía básicamente. Pero la hechura de los tamales y las maneas, era una maravilla para mi familia, porque veían la alegría y la dulzura con que mi progenitora estaba en ese quehacer de los alimentos de esta ancestral tradición mexicana.
«De verdad», comenta nuestro entrevistado, «extraño a mi señora madrecita por sus consejos, buenas costumbres, siempre tenía una palabra de aliento cuando tenía momentos difíciles, atendía mis enfermedades con sus recetas caseras y tenía toda la vida sus brazos abiertos para su familia.»
A mi madre procuramos toda nuestra atención cuando enfermó, y hasta el último momento estuvimos con ella por el amor que siempre nos infundió para tener unidad familiar.
Un poco nostálgico por la ausencia física de su madrecita, don Rubén nos relata que el miércoles de hace dos semanas, fueron los seis meses de su fallecimiento y que estando en su novenario (o «Rosario», si se mantiene el uso coloquial en el texto), sucedió algo insólito que nuestra familia no nos explicábamos, pero que al finalizar tuvimos una respuesta que nos dejó impactados, pero muy contentos, no obstante lo escalofriante que pudiera ser.
Ratos antes de iniciar el rezo, habíamos hecho recuerdos de mi madrecita en vida y de cómo era apreciada por su carácter agradable y respetable por todos en la zona donde era su hogar y claro, siempre tenía un saludo y bendición a su paso.
Al iniciar el rezo, mi hija se colocó junto a la rezadora y frente al altar, de tal manera que ambas llevaban la conducción de todas las oraciones que marca el Rosario en esta ofrenda espiritual, así como los diferentes cantos de la iglesia católica.
Así estábamos todos entregados y en total atención a esta ofrenda de los seis meses de su ausencia, cuando de pronto… mi hija tuvo una exclamación espontánea como de «algo» que en esos momentos la inquietó e hizo algunos gestos incómodos… que todas y todos pudimos registrar.
«Mi hija», dice don Rubén, «después de tener la mirada al altar arreglado y contemplar la imagen de su abuelita… llamó poderosamente la atención que bajó la mirada y detenidamente estuvo observando su mano izquierda… ¡algo estaba sucediendo en esos instantes en su brazo del lado del corazón!»
Pero para la señora rezadora esa acción no fue ajena ni desapercibida… ¡De inmediato también ella bajó su mirada y observó a dónde mi hija tenía fija su visión en la mano izquierda!
Tanto mi hija como la rezadora clavaron su mirada, donde claramente, la piel se marcaba como si otra persona estuviera tomándola de su mano.
Fue entonces que la rezadora con tanta experiencia, haber visto cosas sobrenaturales y forjada en estos casos de apariciones y manifestaciones de energías por conducto de las invocaciones de las oraciones en pleno Rosario, en voz baja y a manera de susurro se dirigió a ella.
Y le dijo: «¡Hijita, no te alarmes ni te asustes!… ¡Es tu abuelita que te manifiesta el agrado que estés aquí con ella en plena oración!… ¡No te debe dar miedo porque este reflejo es de regocijo y alegría porque está con nosotros!»
«Mi hija», asegura don Rubén, «al escuchar esa expresión de la rezadora, mostró mucha alegría y tocó su mano izquierda donde precisamente había sentido esa manifestación de su abuelita!… ¡A manera de reciprocidad!»
Al concluir el rosario y ante la admiración de toda la familia e invitados presentes, la rezadora dio una explicación… que eso que había pasado era que la señora abuelita todavía está aquí con nosotros, en esta casa que fue su hogar de toda la vida, pero que al llegar el año… ¡ella trasciende al reino celestial!
Quienes creen saber de estos fenómenos paranormales, consideran que esta es una muestra de que la abuelita y su energía está manifiesta y fue con su nieta, con quien siempre tuvo en vida, afectos demostrativos de amor y cariño.
¿Usted ya tuvo una experiencia como la de este caso? ¿Un familiar le envió un mensaje o hizo mover algún objeto favorito de ellos? ¿Usted qué haría ante una manifestación del más allá…. miedo, pavor, susto o alegría, beneplácito y satisfacción?
