«Suertudo», me dije a mí mismo al encontrármela, ¡pero después se convirtió en una pesadilla! ¿Cómo es posible que esto suceda si ya no está su dueño? ¡Enigmático objeto que casi me enloquece! ¡Lo encontrado en la calle no garantiza tranquilidad, sino un dolor de cabeza por su procedencia!
Durante muchos años, Pedro fue un dinámico empleado del servicio de recolección de basura y, por consiguiente, siempre demostró disponibilidad laboral. Esta es una historia real narrada por don Pedro, quien después de muchos años de retiro de aquella actividad pública donde dejó gran parte de su vida, retoma aquella experiencia que lo marcó para siempre.
Pedro inicia contando que entró a trabajar muy joven, donde hizo buenos amigos y todos se acompañaban en las recomendaciones de seguridad, para así conservar la vertical, seguir de frente y evitar accidentes. Subraya nuestro entrevistado que, en el servicio de limpia, le tocó formar parte de uno de los grupos que acompaña al camión recolector de basura, recorriendo diversos sectores de la ciudad y las colonias.
Remarca don Pedro que aparentemente es fácil su trabajo, pero no lo es, porque deben viajar atrás de la estructura del camión, donde hay unas bases metálicas en las que se suben y bajan, para también sujetarse de agarraderas de metal, avanzar algunos metros y luego descender para tomar bolsas y depositarlas en el contenedor automático de la unidad motriz.
De acuerdo al avance de su relato, nuestro personaje de hoy sostiene que esta actividad, aunque muchas personas no la valoran, sí es sumamente peligrosa. Deben marcar el paso un poco pausado, aunque normalmente es más acelerado porque van atrás del camión, el cual lleva cierta velocidad para evitar atrasos en la recolección.
También hay que decirlo —afirma don Pedrito—, hay lugares donde existen montículos de desperdicios y debemos subir las bolsas rápidamente al vehículo, al tiempo que seleccionamos de primera mano y a la vista algunos materiales como plásticos, botellas, cartón, metales y diversos objetos reciclables.
En una ocasión vimos a lo lejos otro montón de desperdicios en una esquina; yo vi claramente cuándo una señora depositaba una bicicleta a un lado de la basura y, al llegar a ese lugar… ahí quedó ese objeto. Alcancé a preguntarle a dicha fémina si podía subir al camión esa bicicleta. Ella respondió que ya no servía.
Rápidamente sujeto la bicicleta y la veo detenidamente, al tiempo que le comunico al chofer que me espere un momento. En esos instantes observo que el velocípedo estaba en perfectas condiciones… solo tenía una falla: la llanta delantera estaba destruida.
Cuando digo que las condiciones físicas de ese objeto estaban muy bien, era porque el cuadro, el sillín, la llanta trasera, el rin, la estrella y la cadena casi parecían nuevos… solo la llanta y el rin delantero estaban retorcidos.
Don Pedro pensó rápidamente, porque no había tiempo que perder, mientras sus otros dos compañeros subían la basura acumulada.
Decidí llevarla porque el deterioro que presentaba era fácil de reparar y sin mucho costo… pero también observé que su pintura era la original y estaba muy bien, aunque con unos insignificantes rayones. ¡Nada del otro mundo!
La amarré y colgué en una parte de la estructura del camión y mis compañeros me felicitaron, diciéndome que tenía mucha suerte de haber encontrado ese aparato… sin imaginarme lo que me esperaba de ella.
En mi día de descanso —dice don Pedro— llevé esa bicicleta con don Miguelito, un excelente técnico en reparación, y después de revisarla me aseguró que en dos días quedaba lista, porque había que cambiarle la llanta y el rin delantero, ya que la pintura general era la original y no era necesario retocarla.
Al volver en el plazo acordado, me admiré de ver la bicicleta casi nueva. ¡Impecable! Le pago al técnico, me monto en ella y todo estaba aparentemente bien, aunque ya en el trayecto a mi casa observo un detallito al desplazarme… había una leve inclinación hacia un lado de la carretera, detalle que pude dominar con algo de dificultad porque yo sabía manejar desde muy chamaco este tipo de vehículo de dos llantas.
Mi familia me felicitó y se pusieron alegres y contentos al ver esta bicicleta que estaba bien arreglada y en buenas condiciones. ¡Parecía nueva!
Llegada la noche —comenta don Pedro—, guardo cuidadosamente la bicicleta en la sala de mi casa y todos a dormir. A medianoche, y roncando, logro escuchar ruidos provenientes de la sala y pensé que uno de mis hijos se había levantado para checar la «bici», pues se escuchaba perfectamente la «cadena» dando vueltas en la «estrella»… sííííí… se escuchaba claramente.
Estaba seguro de que era mi hijo quien la estaba «montando» de manera estacionaria, o sea, accionando los pedales hacia atrás… ¡Pero, oh, sorpresa! Al llegar a la sala y encender la luz para ver quién la «pedaleaba»… ¡no había nadie!
Todo esto me pareció muy extraño, ¡en la sala no había nadie! Entonces, ¿quién hizo ese ruido?
Ya cuando estaba muy pesado de sueño, eran como las 3 de la madrugada, ¡y ahora escucho pequeños golpes en la ventana de la sala! ¡Luego en la puerta de entrada! Rápidamente me incorporo de la cama, vuelvo a la sala y, al iluminar el espacio… ¡no había nadie!
Decidí irme a dormir, apagué la luz y me fui a mi habitación a descansar porque muy temprano debía ir a trabajar.
Ya en la chamba guardé silencio y me quedé callado por lo sucedido en la madrugada. Retorno a mi casa y, ya casi terminando la tarde, saco la bicicleta de la sala y fui a dar una vuelta, pero de nuevo noté la inclinación de la bicicleta que me llevaba hacia la zona central de rodamiento de la carretera… ¡algo me dominaba, esa inclinación muy extraña e insólita!
Estando cerca del taller de don Miguelito, le llevo la bicicleta y hasta el amigo no creía en el detalle durante la montada. Por no creerme, el técnico se subió a esta bicicleta, le dio una vuelta a la «manzana» y regresó muy pálido y asustado.
Volvió a checarla y dijo no encontrarle nada extraño. Me pidió que se la dejara para ajustar cualquier detalle y regresara al día siguiente.
Saliendo de mi trabajo me bañé, me cambié de ropa y fui al taller de don Miguelito. Dijo haberla probado y ciertamente aseguró notar esa inclinación y que todo le parecía raro e indescriptible. Me cuestionó sobre quién me la regaló o me la vendió, a lo que le conté cómo la había encontrado. Me recomendó volver a ese lugar y hablar con la señora que la tiró a la basura.
Así lo hice. Cuando pude, en un día de descanso, fui a ese rumbo y logré encontrar a la señora, quien me contó que había guardado por un tiempo esa bicicleta por un mal recuerdo: en ella murió su esposo. Después de dos meses de haberla comprado, salió a un recorrido por el rumbo, pero por la imprudencia de un conductor ebrio, este lo alcanzó y le dio un fuerte golpe en la parte delantera, provocando que cayera y sobreviniera el atropellamiento mortal.
Aclarado el asunto, don Pedrito fue de nuevo con el técnico quien, enterado de la historia de esa bicicleta, le recomendó tirarla, regalarla o venderla… pero que mejor la desapareciera para evitar más problemas o un futuro accidente por esa inclinación hacia un lado.
Don Pedro se fue a un lugar alejado de su casa y, al llegar a una carretera, la aventó al monte.
Quienes creen saber de estos fenómenos paranormales consideran que esa bicicleta todavía estaba cargada de energías negativas dadas las condiciones del accidente de su propietario original.
¿Usted tiene una bicicleta en estas condiciones? ¿De pura casualidad usted se encontró esta bicicleta y la guarda en su casa? ¿Le gustaría tener suerte y ser su nuevo dueño?
