¡Dio el servicio de taxi sin saber la sorpresa que le esperaba!… Se daban estas historias por el pujante crecimiento de la ciudad!… ¡Antes era frecuente escuchar y vivir leyendas muy impresionantes!!!
Siempre y por oficio, los relatos, historias y leyendas que son publicadas en este espacio periodístico tienen como norma que el protagonista sea quien narre su propia experiencia, ya sea suave, regular o muy impresionante. En esta ocasión hacemos una excepción, dado el interés que guarda su contenido; es imposible, por las décadas pasadas en que sucedieron estos hechos que en aquellos tiempos fueron de impacto, contar con el testimonio directo. La narrativa va de generación en generación, guardando el debido respeto por la memoria de quienes, de manera involuntaria, fueron sus protagonistas.
Todo surge con don Evaristo, quien por pura casualidad disfrutaba de un pequeño descanso en una banca de la Plazuela del Águila, en esta capital. El tema emergió cuando este servidor platicaba con un amigo casual, quien dijo haber leído el más reciente «Relato Macabro» publicado en el diario Tabasco Hoy.
Dicha persona, al abordar diferentes temas que lo habían impactado por los hechos descritos, mencionó el de un taxista que le dio un servicio especial a una fémina misteriosa sobre la carretera a Macuspana. Fue entonces cuando don Evaristo escuchó nuestra plática y nos pidió sentarnos junto a él, en esa misma banca, para contarnos una espeluznante historia sucedida a poca distancia de donde nos encontrábamos.
Don Evaristo asegura que él era muy jovencito, que su domicilio es muy próximo a este sector de la ciudad y que recuerda algo que conmocionó a muchas personas de aquellos tiempos. Dice que, en una ocasión, un famoso taxista le dio servicio a un joven de fino vestir, con sombrero de paja, regular estatura y muy amable al hablar. Fue abordado cerca, muy cerca del panteón central de la vieja Villahermosa.
El servicio fue hacia un lugar donde había una fiesta y ahí bajó esta persona. Se afirma que dicho muchacho cautivó a varias señoritas y bailó con una de ellas. Ambos platicaron mucho tiempo pero, llegada la hora de retirarse, el joven le obsequió una cajita de chicles a ella; ella la aceptó gustosamente, pero decidió que la llevaría a su casa para abrirla después.
Este joven de nuevo abordó un taxi y le pidió al conductor llevarlo frente al panteón, y así se proporcionó cabalmente el servicio. Al llegar al lugar indicado, el joven pasajero le comentó al taxista que no traía dinero en efectivo, pero que al día siguiente acudiera a un domicilio que le dio anotado para el pago correspondiente. El ruletero aceptó amablemente, pues el joven se veía de buena familia por su trato cordial; además, la ciudad iba en crecimiento y casi todos se conocían.
El taxista acudió por la mañana al domicilio anotado, donde precisamente había un comercio muy conocido de esos entonces. Una señora lo atendió; él le explicó lo del cobro del servicio y a quién le fue proporcionado. El trabajador del volante dio todas las explicaciones y la señora, un poco extrañada, aceptó el adeudo y le pidió que la esperara un momento para pagarle. La pausa no demoró y ella volvió con un retrato en la mano.
— ¿Es esta la persona del servicio, señor taxista?
A lo que el masculino de inmediato respondió:
— ¡En efecto!… ¡Este es el joven a quien llevé anoche de una fiesta a las puertas del panteón!
La fémina le dio el pago al conductor y este, ya más tranquilo, le agradeció la acción de haber recibido su dinero. Cuando se disponía a retirarse, la señora le pidió unos segundos para explicarle que el joven de la fotografía era su hijo, quien tenía ya cierto tiempo de haber fallecido. El taxista, al escuchar ese comentario, reflejó su asombro con los ojos más abiertos que de costumbre:
— ¡Ay, señora, eso no lo sabía!… ¡Estoy muy impresionado!
El taxista comentó lo sucedido ante algunos colegas y se corrió la voz. Luego se supo que la señorita con la que había bailado aquel muchacho recordó la cajita de chicles recibida y, al destaparla… ¡Ohhhhh, sorpresa!… En lugar de goma de mascar… ¡Eran dos huesitos!
Quienes creen saber de estos fenómenos paranormales consideran que este tipo de sucesos se daban con mayor frecuencia varias décadas atrás, porque la ciudad se extendía y, muchas veces, esas energías residuales eran muy fuertes y se manifestaban en lugares que frecuentaban en vida.
¿A usted, amigo taxista, le ha sucedido un caso similar?… ¿Le gustaría dar un servicio en estas mismas circunstancias?… ¿Usted no cree ni le tiene miedo a los muertos?
