CARTA ABIERTA
El dirigente perredista (empeñado en desempolvar banderas que ya solo sirven de mortaja) pretende hoy adueñarse de un alumbramiento que nunca ocurrió en su alcoba.
¿Cómo entender que el PRD Tabasco intente capitalizar la paliza de aquel 19 de enero de 1995 como si fuera un activo propio? Aquel desalojo en Plaza de Armas tuvo un destinatario con nombre y apellido: Andrés Manuel López Obrador.
Las macanas de la policía de Roberto Madrazo buscaban triturar el ascenso del excandidato a la gubernatura, quien protestaba por un fraude electoral (el famoso éxodo por la democracia) que puso al estado al borde del abismo. Aquel «hijo» del conflicto, esa mística de resistencia, le pertenecía al caudillo, no a una sigla que hoy agoniza en la intrascendencia.
Resulta asombroso observar a Acosta León invocar la memoria los 31 años de una plaza sitiada por gases lacrimógenos, cuando la mayoría de los protagonistas de esa tarde huyeron hacia las filas de Morena.
El sol azteca se quedó sin rayos y sin gente. Los perredistas de cepa, aquellos que aguantaron el asedio de los llamados «Pedros» (Gutiérrez y Jiménez León), y las huestes madracistas, terminaron rindiendo pleitesía al hombre que se encargó de devorar al partido hasta dejarlo en los huesos. ¿Nombres?: Darvin González Ballina, Rafael Elías Sánchez Cabrales, Auldárico Hernández Geronimo.
¡Qué paradoja! Los perseguidos de ayer sirven al enterrador de sus antiguas siglas. En una historia paralela, se recuerda que Juan Molina Becerra (aquel priista que llegó al extremo de proponer la separación de Tabasco de la Federación para blindar a Madrazo frente a Ernesto Zedillo) terminó ahora cobijado en la estructura del partido oficialista (de supuesta izquierda) . Y sí, la ideología en estas tierras se mueve como la marea .
¿Dónde estaba Rafael Acosta mientras los reporteros se ocultaban en los lugares aledaños para evitar la asfixia del gas lacrimógeno de la policía? Su papel en la defensa de aquel territorio fue tan secundaria que su insistencia actual en izar esa fecha raya en el oportunismo.
Intenta sacar renta de una franquicia que ya cambió de dueño hace mucho tiempo. El simbolismo del 19 de enero se pudrió en el camino por la falta de coherencia de sus propios actores. Se ve una traición a la historia misma cuando personajes que fueron desalojados con violencia ahora sirven a quienes destruyeron su casa política.
Incluso ciertos medios locales (esos que en sus portadas de antaño llamaban «asesino» al líder del movimiento) hoy se deshacen en lisonjas hacia el poder en turno.
Lo que queda es un dirigente perredista gritando en un desierto. ¿A quién pretende engañar con discursos sobre la libertad y la justicia? La realidad es que ese suceso carece de sustancia.
Presumir un legado que ya no existe y que otros ya malbarataron es la forma más triste de buscar vigencia. Hay, en realidad, un teatro de sombras donde se reclama la paternidad de una lucha que no pertenece a nadie y que, en el peor de los casos, a nadie le importa.
Después de todo, ¿habrá alguien que todavía le crea al dirigente perredista esa historia de valentía heredada?
Porque los ‘valientes’ fueron los primeros en salir corriendo cuando vieron que la nave perredista se hundía, blanco del cobro de viejas facturas por parte del destinatario político de ese ataque de hace 31 años: López Obrador.
