¡No tomé en cuenta las recomendaciones del abuelo!… A mis 17 años pensaba que era yo el dueño del mundo. ¡Por una chica casi pierdo el rumbo en el amor y mi existencia!… ¡Las razones de mi abuelo eran sus secretos!!!
En aquellos tiempos de juventud, casi nunca ponemos atención cuando de recomendaciones se trata, sin importar que sean para nuestra propia seguridad y porvenir; así se expresó don Mario antes de iniciar su historia. Nuestro entrevistado, a más de 15 años de distancia, toma impulso y mucho valor para relatar su macabra experiencia siendo un adolescente… Y todo por la simpatía hacia una muchachita de aquel entonces.
Como si estuviera en el «túnel del tiempo», don Mario regresa el casete cerebral y, atrayendo sus recuerdos a su narrativa, jura que todo fue por la atracción física de aquella jovencita que conoció en unas vacaciones de Semana Santa, durante una visita a la casa de los abuelos en una comunidad de la geografía tabasqueña.
En esa vivienda de los patriarcas, nos despertábamos muy temprano para salir en grupo al campo a cortar mazorcas de maíz; aprendimos a arrancar yuca correctamente y cosechábamos caimito, cocos, zapotes y mamey con una vara larga. Todos íbamos en un solo grupo porque, en ocasiones, caminábamos largos tramos en el perímetro de la propiedad de los abuelitos Moisés y Panchita. Algo que no entendíamos en ese momento, pero que al paso de los años comprendimos, era por qué debíamos ir en grupo y no dispersos cuando estábamos en el campo.
Ya con la cosecha agrícola, todos teníamos una ocupación en esa Semana Mayor, como moler maíz o pelar cocos para el refresco y los dulces. Todo ese quehacer era un entretenimiento y una aventura que disfrutábamos en casa de los abuelitos. Ya fuera en la mañana o en la tarde, en el parque de la comunidad y especialmente en la cancha de usos múltiples, los muchachos del pueblo se ponían a jugar fútbol y uno de ellos me invitó a participar en un equipo para la famosa «retadora».
Cumpliendo con los trámites de rigor ante mis padres, logré superar esa dificultad donde las recomendaciones se vuelven obligatorias por las insistentes observaciones y cuidados, para no meternos en problemas con nadie de la comunidad.
¡Ah!… Pero mi abuelito Moisés escuchó mi petición de ir a jugar al parque y él, junto con mi abuelita, me tomaron como encargo para no quedarme más tiempo jugando ni platicando. Antes de caer la noche ya debía estar de regreso. Sin saber el porqué de esa insistencia de no quedarme muy tarde en el parque, algo me olía mal respecto a esa actitud de volver antes de oscurecer.
Jugamos varias «retadoras» donde, por cierto, en un partido metí dos goles y seguimos adelante; pero no nos duró mucho el gusto y nos mandaron al descanso en el siguiente tiempo. De espectadores había más compañeros y también chicas de la comunidad, porque la gritería se escuchaba en varios rumbos de esta localidad donde siempre imperaba la tranquilidad y el silencio; pero en esas temporadas de vacaciones santas era puro bullicio, porque los que estudiaban en otros lados retornaban y se congregaban para la charanga del pueblo.
Y para no hacer más larga mi historia, dice don Mario, por esos dos goles en un partido llamé la atención de una hermosa chica a la cual, en un descanso, pude acercarme y hablarle brevemente. Luego entramos de nuevo al campo de juego, me esmeré mucho y logré meter un gol más con el que ganamos las dos Coca-Colas de tres litros que estaban de premio. El ambiente me favoreció y, ya terminado el partido, me puse a platicar con Rosita, que era el nombre de esa chica.
Ya de noche seguimos platicando en una banca del parque al igual que otros amigos… ¡Total, estábamos de vacaciones! Poco a poco se fueron alejando a sus casas los otros compañeros y quedamos unos ocho jóvenes; de repente, un niño llamó a Rosita para darle un mensaje de su papá para que fuera a su casa. Ella comentó que volvería y que mandaría un mensaje por celular.
Transcurrido un tiempo, afirma don Mario, solo quedaban dos jóvenes en otra banca y yo, que esperaba a Rosita. Pasó media hora y los otros se retiraron, quedando solo yo en la cancha. Esperé veinte minutos más y decidí irme a la casa de mis abuelitos, que estaba a dos cuadras.
Para llegar a mi destino había que pasar por varios lotes baldíos desde donde escuché mucho ruido y caminé de prisa. De pronto, voltée a ver hacia atrás: me seguía un enorme perro negro con intensos ojos rojos. En la oscuridad se veía claramente su dentadura blanca, que emitía un tenebroso gruñido y un ladrido muy raro; eso me produjo mucho miedo y comencé a correr.
Era tanto el miedo que le di una vuelta a la cuadra donde está la casa de mis abuelitos y no me di cuenta. El cansancio hacía presa de mi resistencia física; el terror no me permitía concentrarme ¡y ese espeluznante perro negro seguía mis pasos!… ¡Ya estaba muy cerca de mí!… ¡Yo no sabía cómo parar ni dónde esconderme!… ¡De pronto siento un fuerte tirón en los brazos! Era mi abuelo Moisés con un rosario en mano, invocando una extraña oración en latín (según me dijo después); de pronto, ese misterioso perro negro se fue alejando lentamente hasta perderse en el fondo de esa calle de tierra y piedra, en la intensidad de la noche.
Me salvó mi abuelito, pero al llegar a la casa me dio una tunda con un trapo mojado, además de jalarme las orejas, porque estaba yo completamente blanco, ¡asustado y aterrorizado! Me recordó las recomendaciones de no quedarme tan tarde porque en ese lugar hay muchas malas personas que hacen trabajos de brujería y él, mi abuelito, hace mucho tiempo también estaba en la hechicería, pero se retiró para proteger a sus hijos y nietos. ¡Ahora sí entendí la razón de su insistencia!
Al día siguiente Rosita me buscó para disculparse por no volver al parque, pero la señal se había ido y estaba segura de que yo no había recibido su mensaje, pues en ese entonces había muchas fallas en el internet.
Quienes creen saber de estos fenómenos paranormales consideran que, en efecto, hay comunidades —no todas, desde luego— donde algunas personas esperan la Semana Santa para hacer este tipo de cosas irregulares con espíritus o energías.
¿Usted ya sufrió de estos trabajos de hechicería?… ¿A usted le encanta hacer brujería a sus vecinos incómodos?… ¿Hará algo parecido en la próxima Semana Santa?



