EL COFRE DEL SILENCIO
Mientras el mundo levanta fronteras, ellos las cruzan con una sola nacionalidad: la solidaridad
Vivimos en una época donde la memoria colectiva parece durar menos que una tendencia en las redes sociales…Compartimos fotografías, escribimos mensajes de solidaridad y prometemos no olvidar…Sin embargo el algoritmo social siempre encuentra un nuevo escándalo, una nueva polémica que termina desplazando el dolor ajeno…Nuestra emoción social se ha vuelto efímera, volátil, tan frágil como el humo de un cigarrillo que cualquier viento termina por disipar…El individualismo ha hecho presa de esta sociedad, mientras no me ocurra a mí, qué me importa lo que le ocurra al vecino e incluso a nuestro propio hermano…Pero existen hombres y mujeres para quienes el dolor nunca deja de estar presente, ellos no tienen el privilegio de olvidar…Cada edificio derrumbado les recuerda otro edificio, cada sirena los transporta a otra emergencia, cada rostro rescatado revive escenas de historias anteriores…Y cada llamada telefónica puede significar que en algún lugar o rincón del planeta alguien está esperando bajo toneladas de concreto que una mano vuelva a recordarle que existe esperanza, ellos son los Topos…Esa extraordinaria brigada no nació por decreto presidencial, ni como una estrategia gubernamental, tampoco surgió de un presupuesto millonario como el que manejan muchos burócratas “dorados”, no, ellos nacieron donde nacen las expresiones más extraordinarias del espíritu humano: en medio de la tragedia…El 19 de septiembre de 1985, cuando la Ciudad de México se convirtió en un inmenso cementerio de edificios colapsados, un joven llegó al conjunto habitacional Tlatelolco buscando desesperadamente a su hermano…No era militar, tampoco bombero, mucho menos rescatista, era simplemente un hombre que buscaba a un ser querido, se llama Héctor “El Chino” Méndez…Lo que encontró aquél día fue mucho más que a su hermano, encontró el propósito de su existencia…Cuando terminó aquella tragedia, muchos regresaron a su rutina, en cambio él tomo una decisión distinta, dedicar el resto de su vida a buscar personas que jamás ha visto, pero que alguien busca con la misma intensidad con la que él buscó a su hermano…Así comenzó una historia que hoy reconocen en buena parte del mundo, hombres y mujeres que transformaron el impulso ciudadano en disciplina…Nunca han perdido su esencia, siguen siendo voluntarios, siguen dejando a su familia cuando ocurre una emergencia, siguen utilizando sus vacaciones para viajar a zonas devastadas y en muchas ocasiones o casi siempre, siguen aportando recursos propios para ayudar a personas cuyos nombres jamás conocerán…Diversas reseñas sobre los Topos señalan que han participado en misiones de rescate en más de veintidós países y que han contribuido al rescate con vida de poco más de mil personas…Más de mil abrazos recuperados, más de mil familias que pudieron reencontrarse, más de mil historias que no terminaron bajo los escombros y sin embargo surge una demoledora pregunta, ¿cuántos mexicanos conocen realmente a los Topos?…Esa pregunta también habla de nosotros, vivimos exaltando a celebridades, políticos, deportistas, influencers, sabemos todo de ellos, pero ignoramos el nombre de quienes llevan cuatro décadas arriesgando la vida para salvar la de completos desconocidos…Mientras algunos buscan seguidores, ellos buscan señales de vida, mientras otros buscan reflectores, ellos trabajan precisamente cuando el silencio puede significar la diferencia entre la vida y la muerte…Porque un Topo sabe que un leve golpe bajo los escombros puede ser la voz de alguien que aún resiste…Su uniforme naranja se ha convertido en un símbolo internacional de esperanza…Muchos países han visto llegar a esos mexicanos al lugar de la desgracia cuando todos los demás intentan alejarse del desastre…No preguntan la nacionalidad de quien está atrapado, no preguntan su religión, tampoco por sus ideas políticas, ellos saben muy bien que debajo de los escombros todos somos iguales…Hace años Ricardo Arjona escribió una canción titulada Mojado, donde retrata el drama de quien cruza fronteras buscando una oportunidad y sólo encuentra criminalización…Lo Topos también cruzan fronteras, sólo que ellos cargan cascos, lámparas, cuerdas, botiquines y esperanzas, no viajan para quitarle la vida a nadie, viajan para devolver vidas…Hay una paradoja imposible de ignorar, mientras la muerte no necesita pasaporte para cruzar un país, quienes intentan combatirla si deben cumplir trámites, permisos y procedimientos que consumen un tiempo invaluable, porque cada minuto puede significar una vida…Los terremotos no revisan visas, los huracanes no distinguen nacionalidades, los edificios no preguntan por ideologías antes de desplomarse, sólo los seres humanos levantan fronteras donde las tragedias jamás las han reconocido…Quizá por eso, cuando un Topo mexicano llega a una zona de desastre desaparecen por un instante las banderas…Esos hombres y mujeres de naranja arriesgan su vida por salvar a otro ser humano, ellos no piden recursos económicos, solicitan herramientas para su extenuante trabajo y en ocasiones también bolsas para cadáveres…Los Topos entienden que no siempre llegan a tiempo para encontrar sobrevivientes, pero entienden que quien perdió la vida merece regresar con respeto a los brazos de su familia…Para ellos rescatar no significa únicamente salvar vidas, también significa rescatar la dignidad de quienes ya no pudieron ser salvados…Ese es el tamaño de la filosofía de los Topos Aztecas, porque mientras muchos pierden el tiempo en discusiones en redes sociales, ellos están preparando sus mochilas para estar listos cuando la tragedia toque la puerta de cualquier país…Mientras nuestra solidaridad dura apenas unos días, la de ellos lleva más de cuarenta años…Hace cuatro décadas, Héctor “El Chino” Méndez llegó a Tlatelolco buscando a su hermano, hoy continúa buscando hermanos…Los Topos no rescatan mexicanos, no rescatan venezolanos, ni turcos o japoneses, ellos rescatan seres humanos y quizá esa sea la mayor lección que México ha regalado al mundo…Porque mientras los gobiernos insisten dividir el mundo con fronteras, ideologías, colores o credos, los Topos les recuerdan que la solidaridad habla un idioma universal…Con los Topos se tiene una deuda, los aplaudimos cuando regresan de una misión internacional, los convertimos por unos días en noticias y luego los olvidamos…Ellos en cambio vuelven a entrenar porque saben que la próxima tragedia llegará sin avisar…Quizá el homenaje que esperan no sea una medalla ni una ceremonia oficial, quizá baste con que México aprenda a parecerse un poco más a ellos…Que dejemos de convertir el dolor ajeno en una emoción pasajera y lo transformemos en un compromiso permanente…Que entendamos que el desconocido atrapado bajo los escombros pudiera ser nuestro hermano…Porque el día que comprendamos esa verdad, habremos entendido la auténtica filosofía de los hombres y mujeres de naranja…Y quizá descubramos que los verdaderos héroes nunca fueron los que aparecieron en los reflectores, fueron los que, mientras todos miraban hacia otro lado, ellos siguieron cavando en silencio para demostrar que la esperanza, incluso bajo toneladas de concreto, siempre merece una oportunidad…Hasta la próxima.

