No sé de dónde vino, pero me cayó bien y ¡lo adopté!… ¡sin saber que él sería mi salvación!… ¡vio más allá de lo normal y pude interpretar su mensaje!
Hay cosas que parecen increíbles, pero cuando a uno en lo personal le suceden, es cuando da crédito a esas cosas inverosímiles; así se expresó el señor Juventino, quien con gestos de admiración nos cuenta su historia.
Para entrar en su narrativa, el señor Juventino nos pide confianza para el diálogo y dice que sus familiares y amistades le dicen don Tino.
Cuenta que hace muchos años enviudó. Sus hijos poco a poco se alejaron con sus respectivas familias, de tal manera que aquella casa se fue quedando sin el ambiente familiar, el ruido de los hijos y los nietos… «Me fui acostumbrando a esa vida donde mi actividad es cocinar para mí, atender mi jardín y seguir disfrutando de la lectura».
Asegura nuestro entrevistado que su esposa descuidó sus medicamentos y se ausentó de esta vida terrenal un tanto joven, por lo que él pudo ingeniárselas para criar a sus hijos, los cuales, afortunadamente, tuvieron carrera universitaria y muy pronto formaron familias propias.
«No me quejo de ellos porque son tres y constantemente me visitan. Prácticamente no me siento solo, porque con mi pensión y dos casitas en renta, me la llevo tranquilamente».
Ciertamente mis hijos y nueras habían insistido en que buscara pareja para no estar solo, a lo que yo siempre me negué; pero, inexplicablemente, un día por cuestiones de la vida me encontré a una exnovia de la juventud. Ella, divorciada, y yo, viudo, hicimos química y comenzamos a frecuentarnos ya sea en desayunos, comidas y luego cenas… claro, en algunos restaurantes.
Al paso del tiempo, coincidimos en que ella se iría a vivir a mi casa, a lo que no hubo oposición por parte de mis hijos ni de mis nueras.
En el transcurso de varios meses todo transcurría en aparente tranquilidad, pero una mañana escuché a mi gatito Hércules maullar muy fuerte, como si hubiera recibido alguna agresión. Corrió despavorido y se perdió en la maleza del patio de mi casa.
De manera curiosa le pregunto a Domitila, quien era mi pareja de ese entonces: «¿Oye, qué le sucedió a Hércules?».
Esta fémina, sin mirarme, siguió en el quehacer del hogar, al tiempo que me respondió de malas ganas: «¡Es que estaba aquí adentro en la cocina y no sea que se coma los alimentos, y eso a mí no me gusta!».
«¿Pero por qué maulló muy fuerte y salió corriendo?», a lo que contesta ella: «¡Estuvo a punto de agarrar comida del sartén y le di un escobazo!».
Y bueno, dice don Tino que esa ocasión la dejó pasar, pero luego vinieron otras veces donde yo estuve presente y vi claramente que el gatito Hércules no le hacía nada a ella, y no podía verlo porque le aventaba palos y piedras.
Argumenta don Tino que Hércules llegó solo a su casa, pues era del monte. «Yo comencé a domesticarlo, dándole buena atención y comida. Tomó confianza y permití que se quedara en mi hogar; total, yo vivía solo».
Nunca se metió a la cocina, ni a la sala ni a ninguna parte. Se volvió tan dócil que a todas partes me seguía y solo así entraba a mi vivienda; de lo contrario, se quedaba afuera hasta que yo salía, le daba de comer y le expresaba algunos comentarios para acostumbrarlo a mi tono de voz y trato… por eso me extraña que Domitila le dijera que el gatito estuvo en la cocina.
El caso es que varias agresiones al animalito llamaron mi atención y estuve en guardia con los últimos actos de violencia.
En cierta ocasión, me extrañó que el gatito Hércules se metiera por una ventana de un cuarto donde tenía algunas cosas guardadas, y de ahí sacara algunas ropas mías que tenía empacadas para próximamente regalar a indigentes o vecinos.
Pero otro detalle que me puso a dedicarle más atención a este gatito fue que salía con él a caminar en los alrededores de mi jardín y luego a dar la vuelta a la construcción de mi vivienda.
Hay que destacar que siempre caminábamos a la par: ni él se adelantaba ni yo lo dejaba atrás… pero de pronto salió corriendo y se metió en la maleza, de donde sacó una camisa mía y me miraba detenidamente. Llegó al grado de que, arrastrando la ropa, comenzó a caminar más aprisa y volteaba hacia atrás para ver si yo lo seguía… y, en efecto, me imaginé que eso era lo que él quería que yo hiciera: ¡seguirlo!
Y le seguí los pasos… ¡sorpresa y de las grandes la que me llevé! Los pasos me llevaron a ese cuartito cuya puerta, inexplicablemente, no estaba totalmente cerrada. Al abrir lentamente… ¡Domitila estaba haciendo brujería o algo de hechicería con una camisa y un pantalón míos que creía extraviados!
No pude resistir cuestionar a la que era mi pareja y, aunque eran muy obvias sus nefastas acciones, ¡los nervios la traicionaban!… ¡tartamudeaba al querer explicarme!… ¡Había lociones verde y amarilla de intenso olor, albahaca, ruda, una foto mía, oraciones extrañas y veladoras de colores!
Desde luego que me di cuenta sin ser experto en estas oscuras maniobras. Le pedí salir de ese cuarto y la llevé a la sala, donde con mucho trabajo y a duras penas le saqué la verdad: estaba haciendo brujería.
Al verse descubierta, aceptó haberse equivocado por una necesidad de dinero. Desde luego quería tenerme manso, fácil de manipular, para obtener mis propiedades con todo y el efectivo de las rentas junto con mi pensión.
Se quedó mirando al gatito Hércules tanto en el cuarto como en la sala, y se dio cuenta de que este animalito la había visto varias veces en aquella habitación donde ella hacía esas cochinadas.
Desde luego que las expresiones que dedicó a Hércules no fueron nada agradables, porque hasta maldiciones alcanzó mi gatito, de quien estuve muy agradecido porque prácticamente él me salvó la vida o evitó que esa mujer lograra su maléfico objetivo de ponerme loco.
Un caso más donde se pone de manifiesto que tanto perritos como gatitos ven más allá que nosotros… ¿Será cierto que ellos ven en una cuarta dimensión?… ¿Será posible que estos seres vivos desarrollen una inteligencia extrasensorial?

