CARTA ABIERTA
La captura de Ramón Ángel Álvarez, alias el “R1”, es otro golpe sobre la mesa de Omar García Harfuch que no debe regatearse. Recluir al autor intelectual del asesinato de Carlos Manzo envía un mensaje de confianza a los michoacanos, pero es apenas la punta del iceberg.
La investigación no puede cerrarse con la caída del brazo ejecutor. El caso tiene que escalar hasta identificar, si es que los hay, a los políticos que están por encima del delincuente y que han sido señalados por la viuda del edil, Grecia Quiroz, de haber amenazado varias veces al alcalde de Uruapan.
Resulta difícil aceptar que el “R1”, o incluso el propio Nemesio Oseguera Cervantes, El Mencho, tomaran la decisión de eliminarlo basándose sólo en supuestas “provocaciones”.
Un magnicidio conlleva implicaciones políticas que los líderes criminales suelen calcular con sus aliados en el poder. No se entiende el asesinato de Manzo sin la anuencia de quienes veían en su gestión un obstáculo para los intereses entre el crimen y la administración pública en ese estado.
Por eso, hay que observar hasta dónde Harfuch puede resistir las presiones que, con seguridad, vendrán de los pesos pesados de la política en Michoacán, donde las fronteras entre el gobierno y el cártel se han desdibujado en las últimas décadas.
Y es que resulta que el expediente del “R1” tiene otras aristas. Su vínculo con el feminicidio de la influencer Valeria Márquez muestra cómo la estructura criminal se pone al servicio de venganzas personales.
Harfuch sigue golpeando objetivos de alto perfil y debilitando células violentas. No obstante, la verdadera prueba de fuego para la 4T será saber si existe la voluntad de ir también tras los narcopolíticos que se han aliado con los carteles, en un esquema que está dañando como nunca antes a los mexicanos de todos los estratos sociales.
: LA RÚBRICA
Mientras una parte del país exige una oposición con garra, el senador de Movimiento Ciudadano, Luis Donaldo Colosio Riojas, prefiere esperar hasta finales de 2026 para decidir si va por la gubernatura de Nuevo León. Esta parsimonia confirma el mote de “El Tibio” que se ha ganado a pulso. A diferencia de su padre, Luis Donaldo Colosio Murrieta, cuya personalidad y decisión marcaron una época, el hijo carece de ese fuego interno para encabezar un frente común contra el oficialismo en el país, a pesar de existir una oposición hoy descabezada. Para las presidenciales de 2030, México necesita estadistas, no figuras que titubean. Verlo hoy, es observar cómo se pierde el legado de valentía de su padre. No se atreve a ser como él.

