¡Espléndido jueves!
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@vidal_38
Cuentan sucedió en Campeche allá por 1973. Don Carlos “El Negro” Sansores pidió licencia al cargo de gobernador para mudarse a la Ciudad de México, donde sería diputado federal y presidente de la Gran Comisión de la Cámara.
Pero antes de partir al altiplano, “El Negro” tenía que dejar el rancho bien cuidado. Su gallo para el periodo constitucional era Carlos Pérez Cámara para quien estaban destinados los reflectores grandes, no un simple interinato.
Convocó el negro a las “fuerzas vivas” del partidazo a un encuentro masivo. Ahí estaban los sectores y organizaciones. Pasaron uno a uno los oradores de ocasión, ensalzando las virtudes —reales o inventadas— del delfín. Que si su intachable trayectoria, que si su probada lealtad al partido…
Pero el diablo no duerme y todo lo añasca, dice Don Quijote. Antes que Sansores consumara el destape, un propio entró a paso veloz al recinto. Traía una tarjeta escrita a mano, enviada con carácter de urgente desde la oficina del Presidente Luis Echeverría Álvarez.
Sansores desdobló el papel con la parsimonia de los que saben mandar. La orden del centro no tenía objeción: el bueno era Rafael Rodríguez Barrera.
Curtido en estas lides, “El Negro” Sansores no se inmutó. Sin alterar un solo músculo de su rostro de bronce, guardó la tarjeta en el bolsillo, caminó hacia el micrófono, miró a la concurrencia que esperaba el nombre de Pérez Cámara y, con esa picardía genial que solo da el oficio, soltó, palabras más, palabras menos:
“Compañeras y compañeros, ya se ha hablado aquí, con justa razón, de las grandes e indiscutibles virtudes del licenciado Pérez Cámara… ¡Pues les tengo una excelente noticia: resulta que tenemos a uno todavía mejor!…”.
Y ahí mismo, ante el pasmo de los presentes y el aplauso mecánico de la cargada, quedó ungido Rodríguez Barrera.
A más de medio siglo de distancia de aquella genialidad, el modelo se repite una y otra vez, idéntico, sin importar si los colores de hoy son guindas, azules, tricolores o naranjas.
La naturaleza humana del poder no cambia, solo se muda de siglas.
Lección de buena política: nadie descuide la operación chanchamito, amarrar abajo y también arriba
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