Hoy amaneció pringando.
La choza todavía estaba envuelta en ese silencio suave que solo conocen las mañanas de chipi chipi. La olla de café comenzó a chiflar en el fogón. Las plantas del patio brillaban cubiertas de rocío, como si don Isabelino «el Duende» hubiera pasado la noche charpeándolas o chacualeándolas mientras remaba en su cayuco Doña Esa, de Villahermosa a Las Gaviotas.
Con el pote tibio entre las manos, medio agalambao, sentí que empezaba uno de esos días sin cushileo por ir a la milpa o al mercado.

Fue entonces cuando aparecieron. No los vi, pero allí estaban; los reconocí por la forma en que el alma se acomoda cuando llegan ciertas compañías.
Carlos Pellicer Cámara se sentó junto al machete, luego en el chilar, y convirtió la niebla en un sahumerio. Ciro Morales caminó despacio por la cocina y dejó migajas sobre la mesa, como quien deja un taco recién guisado. El almirante Achirica, con su impecable traje blanco, abrió una ventana invisible por la que se asomó María Pons a preguntarle la hora a todo el que pasaba. Y José «el Cieguito», todo ashushao, con la guitarra en la mano, se quedó observando la lluvia en silencio —mientras nadie le gritara que se iba a acabar el mundo—. Hay silencios que también escriben poesía.

Más tarde llegaron otros. El Chombo se entretuvo bebiendo aguardiente mientras contemplaba la cerca donde se guishaba, medio jumbo, viendo cómo la orina cambiaba de color sobre la madera empapada. Tembeleque se robó un pedazo de pastelito y lo llenó de movimiento al caminar; sus piernas cachurecas parecían bailar con la música de Maney. Doña Juana «La Pastelera» apareció entre las macetas, encabronada por el robo, indomable como la retahíla de mentadas de madre que acomodaba a quienes le recordaban por qué se le quemó la olla.

Avanzado el día, María Garrido recordó que Tembeleque, en tiempos de don Tomás Garrido, habría tenido un castigo ejemplar. Para calmar el ambiente, Chicoché acomodó recuerdos en las repisas al ritmo de ¿De quén chón? y ¿Quén pompó?. Don Lupe «el mariguano» lo esperaba impaciente para compartir un cigarro de los que dan risa, mientras uno de los dos Tres Pelitos le boleaba los zapatos. Karmito llenó los rincones de mango manila; Totola, las paredes con frases leguleyas, y el Choco Tabasqueño les cantaba: «¡Ay mojo! Maistro, mi tunca». La otra María, «La Peruana», convirtió la lluvia en una vieja historia.

Comprendí entonces que la riqueza de una vida no se mide por lo que poseemos, como creen Matías León o David Gustavo Gutiérrez, sino por las vivencias que dejamos entrar: los libros desde parvulito; las canciones que nos rescataron; los cuentos de Chanoc, Kalimán o Juan sin Miedo; los pregoneros como el vende piguas o el paraguero, y las palabras que llegaron a tiempo, como aquel «¡Oye tú, chamaco, no hagas eso!».

Después de más de sesenta años, todos ellos viven aquí sin pagar renta. En mis recuerdos. En mi forma de anaguao al contemplar un tulipán o la flor del maíz. En la costumbre de mirar el cielo oscuro y decir: «¡Ta’ madre, va a caer hasta pejelagarto!». En la emoción de ver la lluvia tocar las ventanas, no importa que luego vengan las inundaciones.

Al terminar el café, entendí que nunca he estado solo. Llevo una ranfla de personajes en el alma, un museo callejero en la chaveta y una colección de canciones de Pepe del Rivero, Paco Solís y Manuel Pérez Merino haciendo guardia junto al corazón.

Qué maravilla llegar a viejo y descubrir que la vida, además de años, nos regala compañías invisibles que se sientan a nuestro lado en la hamaca y nos recuerdan todo lo vivido en nuestra entrañable Villahermosa.

