Doña Claudia era una mujer elegante que cuidaba mucho su imagen… ¡frecuente clienta con sofisticado arreglo personal!… Algo insólito sucedió que notamos rápidamente su ausencia a la estética… ¡Sello de su personalidad fueron sus uñas!
Margarita, que hasta hace poco fue una dinámica encargada de una muy solicitada estética, con cierta nostalgia nos relata una triste e interesante historia de una dama muy apreciada en este establecimiento.
Asegura que esto sucedió aproximadamente hace seis años, cuando ella dejó de trabajar en esa actividad muy apasionante.
Manifiesta la señora Margarita que de joven realizó estudios técnicos de belleza y estilista profesional.
Estuvo casada y procreó dos hermosos hijos, pero luego falleció su esposo y se vio en la necesidad de trabajar: uno, para no estar sola y la otra, para tener su guardadito, aunque el deceso de su esposo le dejó un modesto capital.
Dice doña Mago que desde muy joven le apasionó la actividad de un salón de belleza, pero que por diversos motivos no la desarrolló, hasta que estudió, pero luego contrajo matrimonio.
Asegura nuestra entrevistada que ya estando empleada en dos y tres salones de belleza, llegó a uno donde las condiciones y prestaciones laborales eran cómodas y de muchas ventajas, y ahí estuvo por espacio de más de 6 años donde había un ambiente agradable y de total camaradería con las demás compañeras.
Todo estaba bien organizado, desde que entraba el cliente, su atención, servicio y tipo de corte, manicure, pedicure, alaciado, tintes de cabello y hasta uñas acrílicas.
Dada la relevancia de un servicio completo, pero además con un extraordinario personal hecho a la medida de cada cliente, el servicio día con día tenía más solicitudes y el trabajo era constante.
A todos los clientes (hombres y mujeres) se les procuraba la mayor satisfacción en todos sus arreglos.
Hubo una señora que se distinguió de los demás, porque fue más frecuente que las otras féminas, y es que la señora Claudia fue empleada de una empresa petrolera y su pulcritud brillaba a la vista; ella era totalmente perfecta en su arreglo personal.
La asistencia de la señora Claudia era muy amable y tierna; siempre tenía palabras correctas para solicitar a las empleadas su atención.
Ella era la que tenía más asistencia a nuestra área de trabajo; a lo mejor por vivir cerca, ¿nunca le preguntamos dónde vivía o dónde trabajaba?… ¿Ni cuál era su ocupación?, porque su charla siempre era agradable.
Algo especial debía ser el arreglo de sus uñas, porque debían estar perfectamente bien pintadas y era lo primero que solicitaba para después su cabello y cejas.
Nos llamaba la atención a todas las compañeras, afirma doña Margarita, que después de quedar arregladas sus especiales uñas, nos platicaba con mucho interés algunas actividades curiosas de su trabajo, al tiempo que hacía sonar sus uñas en la mesa de trabajo a manera de un zigzag que todas oíamos y nos daba gracia y curiosidad por la forma de mostrar sus dedos ya perfectamente arreglados.
Así transcurrió mucho tiempo de tenerla como una excelente clienta y con mucho respeto como persona, pero de repente la dejamos de ver, porque ya no llegaba a la estética y como no sabíamos de su domicilio, no había modo de preguntar por su salud.
Pasaron algunos meses y nos intrigaba su ausencia, porque nunca se le notó que tuviera alguna enfermedad o se hubiese ido de esa zona del salón de belleza.
Lo raro fue que en algunas noches, cuando ya se aproximaba la hora de cerrar el local…
se dejaba escuchar un leve sonido parecido al que producía doña Claudia después de que sus uñas quedaban ya arregladas.
Yo las escuché perfectamente, pero hice como que no las escuchaba para no alarmar ni preocupar a las compañeras.
La situación fue incontenible, ya que se llegó al momento de que nos pusimos de acuerdo para platicar sobre ese tema… Todas escuchamos el ruido que doña Claudia hacía al tener ya arregladas sus uñas.
Claro que hubo mucha inquietud y algunas acordaron hacer una oración por si ya había fallecido o estaba enferma.
Un día menos pensado, llegó a la estética una bonita señorita, de elegante vestir y desde el primer instante le vimos parecido a la señora Claudia y todas nos sorprendimos por el total parecido; quedamos sorprendidas en cuestión de segundos.
Al darle las formalidades de bienvenida como a cualquier clienta, ella se presentó con el nombre de Leticia y dijo ser hija de la señora Claudia ¡y en esos momentos un intenso escalofrío fue colectivo entre todas nosotras!
La joven Leticia nos dio la noticia del fallecimiento de su señora madre y aseguró que tenía una encomienda de doña Claudia… Darnos las gracias por todas las atenciones recibidas cuando fue atendida por nosotras y que ¡lamentaba profundamente no poder despedirse de nosotras, porque ya se había encariñado con todas!
Todavía impresionadas por la muerte de doña Claudia, interrumpimos torpemente a la señorita Leticia y le dijimos lo de las uñas… ¡Sonido clásico que ella hacía cuando ya tenía arregladas sus bonitas uñas!
¡Eso!… ¡Eso!, ese era uno de los detalles característicos de mi mamá, dijo Leticia, ¡y esa acción era el reflejo personal de ella cuando estaba contenta y satisfecha en un lugar!
Ya superado y más relajado este tiempo, entre algunas cosas personales encontré un papelito donde me había dejado el encargo de buscarles y darnos las gracias por tantas buenas atenciones y esos momentos tan agradables que pasó con ustedes ¡y por eso estoy aquí cumpliendo su última voluntad para que descanse en paz… Porque yo también he escuchado ese característico sonido de sus uñas!
Todas nos pusimos a llorar, recordando que esos sonidos de las uñas que escuchábamos últimamente en el salón… ¡Era una manera de despedirse de doña Claudia!
Quienes creen saber de este tipo de fenómenos paranormales, consideran que esta acción podría interpretarse como… ¡Un mensaje entre lo más delgado entre la vida y la muerte!


