¡El Halloween no es tradición nuestra y se comparte sanamente!… ¡El Día de Muertos lo celebramos, pero también lo respetamos!… ¡Mi pequeño hijo protagonizó un encuentro increíble del que hay testimonio insólito!
El señor Antonio es un padre de familia de dos menores, Gabriel, de 7 años, y Adriana, de 10 años, que son cuidados también por su esposa Bertha.
Y esta historia se desarrolla en una zona residencial de alta plusvalía de esta capital.
Narra don Antonio que año con año apoya a sus hijos para fortalecer la buena convivencia entre la familia, realizando acompañamientos a diversos eventos propios de la temporada, ya sea en la escuela, en el sector habitacional o en fiestas familiares.
Estos acompañamientos, afirma nuestro entrevistado, son muy interesantes porque no solo mi esposa y yo hacemos acto de presencia, sino que también hay otros padres haciendo la misma mecánica, dada la vulnerabilidad de las edades de nuestros hijos.
Anualmente los menores participan en diferentes eventos en compañía de otras familias, ya sea en los festejos de Reyes, del Día del Niño, de las Madres, del Padre, de los abuelos, del mes patrio, de la Revolución, Halloween, Día de Muertos y ya ni se diga en las fechas decembrinas.
Este ambiente familiar, subraya don Antonio, para nosotros es muy productivo en cuanto a generar afectos y cariño, pero también ilustrar y estrechar los valores de nuestras raíces, como sus tradiciones.
Desde luego que, a como han pasado los años, por mucho tiempo han llegado diferentes costumbres extranjeras, que se han modificado y adaptado a la idiosincrasia de nuestra cultura mexicana, reconocida a nivel mundial por su versatilidad de usos y costumbres.
Pero con los grandes avances de la tecnología hoy en día, es fácil conocer otras formas de vida y festejos en otras latitudes de la Tierra.
Ante tales alternativas y cambios en todos los niveles, ya no es raro, sostiene don Antonio, que haya festejos internacionales que se vuelven híbridos al ser adaptados en diversos países, como es el Halloween, que ciertamente nada tiene que ver con lo mexicano; pero actualmente, y desde hace mucho tiempo, jóvenes mexicanos de distintas épocas practican o llevan a cabo esa moda.
Por el rumbo donde vivimos, expresa don Antonio, es costumbre que niñas y niños disfrazados, acompañados de sus padres, salgamos en la noche del 31 de octubre a pedir dulces por este festejo de Halloween.
Hay que destacar que, como es de noche, vamos con todos ellos caminando por las banquetas y ayudamos a cruzar calles. El niño lleva un atuendo de calabaza y Adrianita de hada.
Hay comercios donde nos esperan con mesas afuera o adentro de los negocios, donde sus dueños y empleados regalan dulces a niñas y niños, en ocasiones bocadillos y refrescos.
En esta acción, a nadie se le obliga, tampoco se le prohíbe, mucho menos se le excluye por ser un festejo no propio de los mexicanos. Caminamos con mucho respeto y, sobre todo, con orden porque acompañamos a niñas y niños que están viviendo esta experiencia.
El año pasado recuerdo, afirma don Antonio, para estas fechas íbamos muchas madres y padres juntos a los niños y de verdad que es un espectáculo ver sus caritas cuando son recibidos en la puerta de algún establecimiento con bonitas palabras de cariño y llevar la alegría con su presencia, al tiempo que los invitan a tomar dulces, golosinas y otros regalitos; se despiden con sonrisas de agradecimiento.
De nuevo en la banqueta hacen la pausa obligada para mostrar sus dulces, sonreír e iluminar sus pequeños rostros por haber sido bien recibidos.
Pero en ese ínter, llamó la atención a mi esposa y a mí que mi hijo Gabriel caminaba al tiempo que iba hablando «con alguien» a su lado… al que, desde luego, nosotros no alcanzamos a ver de quién se trataba.
Esta acción fue muy rara porque de verdad estábamos muy extrañados. Dejamos transcurrir unos pocos minutos y le pregunté:
—Hijito, ¿con quién hablas?…
A lo que él de inmediato levantó su carita y al mirarme respondió:
—¡Estoy hablando con mi amiguito, papito!
Para mi esposa y para mí, se encendieron las alarmas porque no vimos a nadie más que a mi hijito Gabriel y a su hermanita Adriana.
Sin asustarlo, le preguntamos con mucho tacto y cariño:
—¿Y dónde está tu amiguito, mi pequeño hijo?… ¿Queremos saludarlo y conocerlo para darle más dulces?
A lo que Gabrielito respondió:
—¡No, papito, aquí va a un lado mío, va cuidándonos a mí y a mi hermanita Adriana!
Un intenso escalofrío recorrió nuestros cuerpos, porque no vimos a nadie más que a los demás niños con los que iniciamos el recorrido.
Nuestros pensamientos estaban revueltos y todo era confusión. Respiramos hondo y profundo y seguimos caminando, mirando a todos lados, también de reojo al pequeño Gabriel y su diálogo imaginario… ¡Al fin, niño!
Después del recorrido, nos despedimos y cada quien se fue a su casa.
No hablamos más de esa situación que a nosotros nos pareció muy rara con Gabriel y «su amiguito» inexistente.
Al día siguiente, después de regresar de la escuela, vimos a Gabrielito hacer su tarea y nos dijo haber terminado.
Nos extrañó que siguiera escribiendo, y al asomarme para ver lo que hacía le pregunté:
—¿Qué haces, mi hijito?
Levantó su carita y con una gran sonrisa me dijo:
—¡Mira, papito, este es mi amiguito con el que hablaba durante el recorrido de ayer en la noche de Halloween!
En esos momentos Gabrielito levantó entre sus manos una hoja de papel donde dibujó ¡a un niño con rara vestimenta, un tanto desgastada, junto a él!… Pensamos nosotros que ¡ese era su disfraz!
Me quedé paralizado del susto, porque, en efecto, cuando hablaba con un amiguito imaginario no le creímos, ¡y ahora en ese papel lo materializó!
Sucede muchas veces que no se sabe quién camina a su lado… ¡más en estas temporadas de sorpresas e incertidumbre!


