¡Terrible experiencia al trabajar en un panteón!… ¡Dicen que el muerto… muerto está!… ¡No deben ser olvidados porque sus energías persisten y se transforman!
Manuel, hoy, después de tantos años de que su señor padre falleciera, se arma de valor para contarnos la insólita experiencia que don Pedro enfrentó cuando era trabajador de un panteón local.
Por tal motivo, el propio Manuel nos subraya que, ante el esfuerzo de su papá en ese difícil oficio, decidió estudiar una carrera universitaria, a pesar de los grandes sacrificios de don Pedro.
Y quien nos narra esta espeluznante historia que fue protagonizada por su propio padre, nos aclara que, viendo todos los esfuerzos que él hacía en ese trabajo, desde muy chamaco le metió duro a los estudios para no repetir la historia.
Dice que su padre toda la vida fue humilde y que, mediante sus labores de albañilería y limpieza de bóvedas, logró sacarlos adelante.
Manolo, como lo llaman sus amigos, sostiene que en muchas ocasiones acompañó a su padre en esos quehaceres de hacer algunas reparaciones en diversos sectores del panteón municipal. Aunque no era empleado oficial, todos lo conocían y lo recomendaban para hacer este tipo de chambas.
De esta forma mi papá se ganaba la vida honradamente, porque así tenía bastantes clientes que hacían con él acuerdos mensuales para darle mantenimiento a estos lugares santos.
En fechas conmemorativas era cuando más trabajo tenía y le ofrecían, porque, dada su responsabilidad, también era ayudado por amigos que lo recomendaban.
Diariamente recorría el panteón mi papá, manifiesta Manuel, porque de esa forma se ganaba la confianza de sus clientes, a quienes saludaba cualquier día, y así lo veían atento al compromiso contraído… De eso me sentía yo muy orgulloso, porque era un hombre muy responsable y trabajador.
Pero cuando más chamba tenía, dice Manuel, era para finales de octubre, pues muchas personas que todavía rinden tributo a sus seres queridos ya ausentes le hacían encargos de limpieza y pintura de las estructuras propias de estos camposantos.
Entonces es cuando entro en acción y ayudo con la limpieza, y luego, con brocha en mano, nos dedicamos a fondear con la primera pasada de pintura para que, con la segunda repasada, quedara finalizado el trabajo a plenitud de satisfacción de quienes contrataban la chamba.
Recuerdo que en una ocasión no lo pude acompañar, y mi papá me pidió que me quedara para atender mis obligaciones de los estudios universitarios, así que se fue solo para atender esos compromisos porque ya estábamos a mitad del mes de octubre y tenía muchos pendientes.
Cuando volvió por la tarde, yo ya me encontraba haciendo tareas y preparándome para unos exámenes, así que al pasar junto a mí me susurra al oído para no distraerme: «¡Me avisas cuando termines tu tarea, hijo!».
Después de 32 minutos le dije que estaba atento a sus órdenes y que viniera la charla.
—Mira, Manuelito —expresó mi papá—, fíjate que hoy me sucedió algo curioso en el panteón. Después de muchos años, nunca había visto nada raro ni extraño que me llamara la atención.
Estaba yo pintando una bóveda de esas donde hay muchas antiguas y en proceso de deterioro por falta de mantenimiento.
Cuando cerca de mí escucho unos pequeños golpes, creí que alguien hacía alguna reparación a algún nicho, pero no hice caso y seguí en mis labores.
Me cambié de posición al ir pintando aquella bóveda que tenía muchos detalles… De nuevo escuché esos mismos golpes discretos y fue por eso que ahora sí miré detenidamente y traté de ubicar aquellos golpecitos.
Para no llamar la atención, con brocha en mano fui avanzando unos metros y, de repente… Ahí estaban esos toquidos en una bóveda muy arruinada. Al llegar a ella, me incliné y perfectamente escuché de nuevo esos, ahora discretos, golpes en la pared interior de aquel sepulcro súper antiguo.
Rápidamente me repuse de la sorpresa y le di una vuelta para asegurarme de que no tuviera algún hueco.
Me paré frente a este espacio y vi que estaba totalmente abandonado y que casi no se podía leer quién estaba ahí sepultado.
Esperé un buen rato para encontrar una explicación al asunto, de tal manera que, en mi humilde conocimiento y experiencia de la vida, esperé a terminar el trabajo que había empezado y regresé a este mismo lugar de donde salían los golpes.
—¿Y qué hiciste, padre? —fue lo más pronto que le pregunté, a lo que me respondió:
—Primero le di una limpieza general y después compré un bote de pintura ¡y la dejé muy bien presentada!
Todo esto lo hice, hijo, dijo mi papá, porque en ocasiones estos mausoleos son olvidados porque sus familiares cambiaron de residencia, no hay quien les dé mantenimiento, quién sabe qué tipo de vida tuvieron… ¡O son ánimas que ya no son recordadas!
¡Felicité a mi progenitor por tan noble acción, porque ciertamente existen muchos sepulcros con tantas historias que contar!


