CARTA ABIERTA
El 8 de abril, esta columna adelantó el relevo en la bancada local de Movimiento Ciudadano. Este hecho fue negado por Pedro Palomeque, quien en una actitud que recuerda a las viejas prácticas del priismo, intentó desmentir la información ante los reporteros. Sin embargo, la realidad terminó por imponerse ayer martes, cuando el Congreso, bajo la presidencia de Marcos Rosendo Medina Filigrana en la Mesa Directiva, aprobó la licencia por tiempo indefinido de la diputada Patricia Lanestosa Vidal.
Este relevo confirma las versiones de un acuerdo interno pactado en el partido naranja para que la curul fuera cedida a mitad de la legislatura. La beneficiada directa es Fanny Vargas, quien repetirá la historia vivida en abril de 2023, cuando rindió protesta como integrante de la 64 Legislatura en sustitución de Casilda Ruiz Agustín. De acuerdo con las fuentes periodísticas, el relevo fue procesado como un asunto de urgente resolución, validando el adelanto que se intentó ocultar horas antes de su consumación.
Detrás de este movimiento está el padre de la nueva legisladora, Javier Vargas Ramón, funcionario de la Secretaría de Educación, quien habría pactado con Pedro Palomeque el cambio. Resulta significativo que ambos, habiendo tenido como mentor político a Pedro Jiménez León, hoy se ubiquen en una posición de confrontación interna. Esta maniobra sugiere que en Movimiento Ciudadano Tabasco se han consolidado grupos de poder con privilegios específicos.
La cesión de otra diputación para la misma Fanny Vargas parece ser el resultado de una negociación en la que esta habría renunciado a la aspiración de dirigir el partido, un objetivo que Palomeque y Javier Vargas habrían buscado con insistencia.
Palomeque, quien sigue echado en brazos del presidente de la Jucopo, Jorge Bracamonte, ha dejado en manos de la Coordinadora Nacional la definición del nuevo coordinador de la bancada, mientras se consuma un relevo que deja al descubierto estructuras de poder cupular muy alejadas de la narrativa de renovación ciudadana.
Al final, la realidad política terminó por confirmar lo que ya se anticipaba en esta columna y en ‘radio pasillo’ del Congreso.
:LA RÚBRICA
El regreso de Arturo Núñez Jiménez al ojo público ha generado revuelo, pero no en el aspecto político sino en el terreno de la salud. En su asistencia al festejo del periodista Ramón Zurita Sahagún en el restaurante La Torre de Castilla, en la Ciudad de México, estuvo acompañado de personajes como la tabasqueña Ady García. Sin embargo, más allá de la relevancia política de sus encuentros, la opinión pública ha manifestado preocupación por el evidente deterioro de su aspecto físico. A diferencia de la vitalidad que siempre ha intentado proyectar, las fotos revelan el peso de sus 78 años. Fuentes consultadas confirman que Núñez Jiménez ha enfrentado constantes recaídas debido a un fuerte problema gastrointestinal que lo aqueja desde su periodo como gobernador de Tabasco, de 2012 a 2018. Si bien su estado de salud se reporta estable, las secuelas de este padecimiento crónico han cobrado una factura visible en su semblante, marcando un contraste con los tiempos en que gobernó la entidad. Su legado sigue siendo objeto de un juicio severo. Mientras él cultiva amistades en círculos periodísticos, en Tabasco no se olvidan los señalamientos por corrupción y las cuentas públicas reprobadas de su gestión. Arturo Núñez es hoy es una paradoja: busca mantener su presencia política mientras su cuerpo refleja las batallas por su salud. Sus apariciones sirven para recordar que el tiempo siempre termina por pasar factura. Su realidad actual es la de un exiliado político que lidia con las marcas de un ejercicio del poder que lo consumió física y políticamente.



