¡La casa de nuestros padres guardaba muchos misterios!… Desde pequeña y de grande había «cosas» que nos asustaban… ¡Pero lo más fatídico sucedió aquella noche de noviembre!
Esta historia sumamente tenebrosa nos la cuenta la señora María Tila, quien cada vez que recuerda aquella ocasión se pone nerviosa, porque recordar esos angustiosos momentos le pone los pelos de punta (literal).
Manifiesta doña María Tila que, desde pequeños, ella, sus hermanas y sus hermanos se asustaban porque no había día en que no los espantaran o se les apareciera algo raro.
La señora María Tila explica que desde siempre ellos vivieron en una comunidad de la sierra tabasqueña, donde, por cierto, es muy famoso el dulce de naranja, coco y piña envuelto en joloche de maíz.
La vivienda es de aquellas fincas de corte hacienda, amplios corredores y pasillos con accesorios para colgar hamacas, gran sala y comedor, varias habitaciones, cocina perfectamente espaciosa para el cocimiento a la leña, baños y un patio que se pierde en la inmensidad de la propiedad, la cual llega hasta un caudaloso río que retroalimenta las diversas áreas de cultivo de mis padres.
Por todo eso, en nuestra infancia, adolescencia y juventud siempre disfrutamos de los campos cultivados, tanto con técnica tradicional como mecanizada con tractores por mi familia.
Mi hermana y yo fuimos muchachitas muy inquietas en nuestro hogar, porque aprendimos muchas actividades propias de la casa.
En una ocasión, en edad de solteras, mi hermanita Liz y yo nos quedamos en una habitación porque en la mañana y al mediodía habíamos acudido a la iglesia del pueblo, donde nos encontramos a varias compañeras y amigas de la escuela y conversamos mucho.
De tal manera que nos quedamos en la habitación de nosotras dos para así platicar de todo lo acontecido en la iglesia.
Tan interesante fue nuestra charla que les avisamos a mis padres que nos quedaríamos platicando hasta muy tarde y que no haríamos ruido para que todos durmieran.
El chisme estaba tan bueno por todos los detalles de los encuentros y temas que no nos dimos cuenta de la hora… Iban a dar las 3 de la madrugada.
Venía un tema y otro se iba; la «cuerda» que teníamos como jóvenes era inagotable… ¡Pero algo nos hizo reaccionar!
Estábamos las dos en una hamaca… Cada una de un lado, de tal manera que estábamos muy cómodas… ¡Y el tiempo pasaba!
En ese concierto del silencio de la noche podíamos escuchar pájaros propios de la madrugada, perritos de mi casa y de los vecinos, y el manejo de caporales con los animales como caballos, vacas, toros y otros más.
Pero ese silencio se interrumpió cuando empezamos a escuchar ruidos en el comedor de la casa… ¡Síiiii… En efecto!… ¡El ruido era como cuando alguna persona va a sentarse en una silla y la arrastra para acomodarse!
¡De pronto nuestras miradas se encontraron de frente!… ¡Nuestros ojos estaban casi fuera de órbita visual producto del asombro y el terror!
Eso no podía suceder debido a la hora de la madrugada y a que en mi familia todas y todos ya dormían plácidamente.
El arrastre de otras sillas fue más espantoso para mi hermana y para mí… No podíamos dar crédito a este ruido… ¡A esa situación tan terrorífica!… ¿Qué estaba pasando en el área del comedor?
Nosotras dos estábamos inmóviles, recostadas en la hamaca para así agudizar los oídos y tratar de escuchar más detalles, aparte del arrastre de las sillas del comedor y de quién las arrastraba.
¡Súbitamente dejaron de arrastrar las sillas!… ¡El silencio fue absoluto!… ¡Y lo insólito de esos momentos fue que ni siquiera se escuchó el canto de los pájaros, ni movimiento o traslado de ganado, ni nada!… ¡Un sepulcral silencio!
¡Algo inédito de esos instantes es que solo nuestra respiración flotaba en la habitación!… Era tanto el miedo y el terror que esa agitada sensación de inhalar y exhalar podía escucharse en esa habitación… ¡Se lo juro!… ¡Por diosito santo!
De pronto… En ese total silencio comenzamos a escuchar los pasos de «alguien» que caminaba con sandalias en el área del comedor… Nos bajamos las dos de la hamaca para escuchar mejor detrás de la puerta del cuarto… Y, en efecto… ¡El sonido era de «alguien» que daba pasos con unas chanclas!… ¡Perfectamente escuchamos que avanzaba!… ¡Síiii… Avanzaba!
Estábamos tan entretenidas escuchando detrás de la puerta esos terroríficos pasos en sandalias que de pronto… Ese «alguien» se paró frente a la puerta de entrada del cuarto donde nosotras estábamos… ¡Del otro lado!… ¡En el exterior de la habitación!… Solo la puerta nos separaba de esa «cosa»… ¡Por esta impresionante situación, mi hermana y yo estábamos pasmadas de pánico y miedo!
En una milésima parte del tiempo reaccionamos… ¡Nos acomodamos de nuevo en la hamaca!… Pero era tanto el horror, la zozobra y el nerviosismo que decidimos cambiarnos de lugar e irnos rápidamente a la cama… ¡Nos tapamos con colchas, sábanas, edredones y todo lo que había a nuestro alcance, haciendo la tradicional «casita»… ¡Tapadas de pies a cabeza sin que quedara ningún espacio libre a los costados!
¡Dejamos de escuchar los pasos con sandalias y así permanecimos hasta el amanecer!… Sin dormir y con los ojos bien abiertos hasta que escuchamos que despertaron nuestros padres y hermanos… La actividad volvió a escucharse. Se lo platicamos a nuestros patriarcas y nos llamaron la atención por quedarnos despiertas tan tarde. Y juramos no volver a repetir la desvelada.
Nos sirvió de escarmiento… Aunque nunca nos dieron una explicación congruente… Solo nos contaron las historias de las energías de la noche y el poder de la vegetación que nos rodea.

