¡Soy escéptico por naturaleza y nada me asusta!… ¡Acepté ese trabajo por necesidad, pero mejor renuncié por lo sucedido!… ¡Trabajé solo y no vi a nadie, pero sí percibí ese olor repugnante!
Es el señor Agustín quien nos platica una historia macabra que le sucedió cuando era joven y acababa de casarse.
Dice que en aquellos tiempos, muchas veces de joven, no se meditan bien las cosas y uno se deja llevar por los impulsos.
Cuenta que para adquirir experiencia laboral no le importaba contratarse en cualquier oficio; al fin y al cabo, tenía el privilegio de adaptarse rápidamente a cualquier actividad, sobre todo cuando se trataba de ganar dinero y estar ocupado honestamente.
De la misma forma, don Agustín dice que en aquellas épocas no se veía mal emplearse para ayudar en el gasto familiar y así ir adquiriendo experiencia en las actividades laborales.
Fue conociendo a muchas personas que, al paso del tiempo, volvía a encontrar por diversas circunstancias de la vida, ya fuera como gerentes, jefes de departamento o simplemente como encargados de área en diferentes empresas.
El caso fue que, después de algún tiempo de noviazgo con mi pareja (ella trabajaba y yo también en distintas empresas), decidimos formalizar nuestra relación… Y nos casamos de manera sencilla y sin mucho escándalo familiar.
Todo marchaba bien en mi relación, tanto de pareja como laboral, hasta que me encontré a un excompañero que me comentó de un trabajo con excelente salario y buenas prestaciones sociales… Pero el detalle era que se trataba de un empleo de atención nocturna.
Rápidamente le pedí todas las referencias y ubicaciones, porque si se trataba de mejorar el ingreso económico, nada me detendría para hacer el intento de quedarme con esa plaza tan atractiva.
En efecto, cumplí con todos los documentos que solicitaban, recibí una extraordinaria capacitación y no tardé mucho para instalarme en mi nueva encomienda.
De entrada no le encontré ninguna dificultad porque, aunque era nuevo para mí, le puse muchas ganas y cuidado, y aprendí de inmediato, de lo cual hay testimonio porque me hicieron diversas pruebas por lo delicado del encargo.
Ya con total conocimiento de mi nueva responsabilidad, me presenté al turno nocturno de una farmacia en una popular colonia, muy cerca de un conocido hospital del gobierno.
Transcurrieron más de dos meses y todo estaba en aparente calma: ninguna queja, ningún reclamo, las cuentas cuadraban a la perfección y los patrones estaban contentos también por mi puntualidad.
Pero algo empezó a llamarme la atención. En las madrugadas había ocasiones en las que acudía mucha clientela a la que daba prioridad de atención; se incomodaban porque en la farmacia de ese hospital no había en existencia la medicina recetada por los doctores, y de esa manera acudían a la farmacia que yo tenía a mi cargo por la noche.
Había veces en que los familiares de los enfermos me decían en la ventanilla: «¡Dígale a su compañero que se levante y nos atienda!».
Ante esa repetida expresión, yo pensé que me lo decían a manera de broma, pero ya con la duda sembrada me atreví a preguntarle a una de esas personas: «Oiga, usted disculpe, ¿de qué otra persona me habla que despierte si yo estoy atendiendo solo?».
Y la respuesta no tardó mucho: «¡Ah, del otro trabajador que está durmiendo allá atrás por los anaqueles!», le dijeron.
Exaltado por ese comentario, de manera automática viré hacia donde señalaba ese cliente y dije: «¿Cuál?… ¿Dónde está?».
Raudo y veloz respondió dicha persona en la ventanilla: «¡Allá atrás estaba, pero ya se cambió de lugar y no lo veo!».
—¿No será que se equivocó, amigo, si yo trabajo solo en el turno de la noche? —le contesté.
Fue entonces que esta persona, frente a mí en la ventanilla, me aseguró que en las tres ocasiones que había acudido a comprar medicamentos en la madrugada: «¡Ahí he visto al otro compañero suyo!… ¡Pero siempre durmiendo! Y por cierto… ¡Hagan algo para desinfectar el local, porque se percibe un olor como a muerto que sale desde adentro!».
La situación se puso color de hormiga y, aunque toda mi vida he sido escéptico, le di las gracias al cliente y le dije que lo comentaría con el propietario.
Ya retirada esa persona, me puse a pensar y, atando cabos del ambiente en el interior de la farmacia, me fui dando cuenta de algunos detalles por los que ahora «me cae el veinte» de lo que me había resistido a creer.
Lo primero que traté de analizar fue esa supuesta presencia de otra persona dormida en el espacio de atrás… ¡Que supuestamente ve la gente desde el exterior… Pero que yo no veo!
Lo segundo es ese olor a muerto que ya no soy solamente yo el que lo respira… Sino las personas que acuden ante mí para surtirles sus recetas… ¡Algo estará pasando!
Me dije a mí mismo, dice don Agustín: «Estaré más atento para tratar de ver con mis propios ojos a esa presencia que supuestamente duerme en la parte trasera del local. Y en cuanto a ese raro y muy extraño olor a muerto en el área de trabajo… Creo que podría ser un desperfecto del drenaje en la conexión muy próxima al hospital cercano».
Esta situación fue en aumento y todas las noches se repetía, hasta que lo comenté a mi patrón y este dijo que no me preocupara porque nadie me agredía ni tampoco me constaba ver a esa supuesta otra persona: «¡Cuando tú lo veas!… ¡Ya será otra cosa, pero mientras continúa y conserva tu trabajo, que ni yo ni nadie tiene queja de ti!… ¡No pasa nada!».
Con esa premisa de no creer en nada hasta no ver, continué mi trabajo, y la plática del hombre que duerme atrás y el olor a muerto se convirtieron en una rutina laboral a la que me fui acostumbrando.
Hubo un día menos pensado en que fui de compras con mi esposa; en el supermercado me encontré a aquel amigo que me recomendó ese trabajo y le platiqué lo que pasaba en mi turno nocturno en la farmacia, a lo que respondió: «Eso le sucedió al anterior empleado, no tardó mucho y nadie sabe a qué se debe».
Con esa información, al llegar a mi casa, mi esposa, muy preocupada y aterrorizada, me sugirió dejar ese trabajo y buscar otro menos complicado… No fuera yo a terminar desquiciado… Y mejor lo dejé y busqué otro empleo de menos riesgo.
A muchos años de aquella patética experiencia, por cuestiones de la vida, aquella farmacia ya no está: fue remodelada y en ese sector ahora hay muchos giros comerciales de comida.

