𝐓𝐚𝐱𝐢𝐝𝐞𝐫𝐦𝐢𝐬𝐭𝐚 𝐝𝐞 𝐩𝐚𝐥𝐚𝐛𝐫𝐚𝐬
Busqué «ojienjuto» en el diccionario y la entrada ocupa apenas una línea: adjetivo coloquial, «que tiene dificultad para llorar». El ojienjuto llora poco, a veces tarde, como quien intenta arrancar un motor que lleva años parado. Ramón Joaquín Domínguez, lexicógrafo español del siglo XIX, registró la palabra en 1846 y precisó su significado: «que apenas llora, que llora raras veces o con dificultad».
La palabra reúne «ojo» y «enjuto», con una -i- de enlace, como ocurre en «ojinegro» y «ojizaino», voz que el Diccionario de la Lengua Española define como «que mira atravesado y con malos ojos». El segundo componente procede del latín «exsuctus», participio de «exsugere», «chupar». Joan Corominas lo traduce como «secado». Si desarmamos el compuesto, quedan unos ojos chupados, privados de jugo. O, dicho de otro modo, unos ojos en ayunas.
Lo que me hizo abrir más los ojos fue la fecha. Los textos documentan «ojienjuto» desde 1605, en «La pícara Justina», novela atribuida a Francisco López de Úbeda. David Prieto García-Seco, estudioso de la creatividad léxica de esa obra, incluye el término entre sus palabras compuestas. López de Úbeda tenía una imaginación verbal desbordada e inventaba palabras por puñados. «Alicaído», que hoy usamos sin reparar en su historia, aparece ya en sus páginas. «Ojigallo» y «ojunregazado» pertenecen también a ese repertorio.
La primera aparición de «ojienjuta» ocurre durante un entierro. Justina cuenta el de su padre y despacha la ceremonia con una frase de comedia: «En el entierro no lloramos mucho, que no llevamos palabras hechas». Después habla de su madre: «Mi madre era muy ojienjuta, y nosotras no podíamos llorar si no era comenzando madre y yendo arreo». La viuda debía dar la señal del llanto, pero tenía los ojos secos. Las hijas, mientras tanto, estaban pendientes de otro asunto: los mantos de luto eran prestados y debían devolverlos «en acabándose la tragedia».
El libro vuelve sobre el asunto en una lista de apodos con los que la pícara se presenta: la melindrosa escribana, la honrosa pelona, la mesonera astuta, la ojienjuta; más adelante aparecen la lloradora enjuta, la del pésame y río, la viuda con chirimías. La palabra figura entre los sobrenombres con el aplomo de un título nobiliario. Justina se apropia de ella y la luce como una distinción. En otro pasaje presume de que sus ojos «no se habían desayunado de llorar» desde el día en que su padre le «imprimió el jarro en las costillas». Para Justina, los ojos tienen apetito y las lágrimas son alimento; los suyos llevan tiempo sin probar bocado.
El «Diccionario de autoridades» (1726-1739) citó la «La pícara Justina» 856 veces, y en lo que pude consultar «ojienjuto» no figura. La recoge, a finales del siglo XVIII, el jesuita Esteban de Terreros y Pando en su «Diccionario castellano», publicado entre 1786 y 1793: «la persona que tiene dificultad en llorar».
En 1895, el escritor y lexicógrafo Elías Zerolo ilustra la voz con una cita de la misma novela: «Mi madre era muy ojienjuta». La referencia se repite y la pista literaria conduce siempre al mismo libro. En los diccionarios que revisé, Justina es el único personaje que da testimonio de la palabra.
Busqué después a otros escritores que la hubieran empleado —novelistas, poetas, autores de cualquier época—. Todos los caminos me devolvieron a Justina. No encontré otro ejemplo literario. Si alguien conoce ese pasaje, queda abierta la invitación a compartirlo.
Como la búsqueda no dio más frutos, decidí escribir unos versos para poner a prueba la palabra fuera de la novela que la vio nacer. Quise imaginar a un ojienjuto distinto de la madre de Justina, alguien en quien la falta de lágrimas expresara una forma de dolor:
Bajo el peso del olvido y el invierno, / el caminante avanza con paso firme, / llevando en el alma un dolor eterno / que se niega a marcharse o a extinguirse. // Mira el paisaje gris, la tarde fría, / mientras el viento arrastra el polvo en luto; / frente al destino y su rota profecía, / él contempla el abismo, ojienjuto. // No quedan lágrimas para el quebranto, / el manantial del llanto se ha secado, / y en su rostro cansado, sin espanto, / habita el silencio del pasado.


