CARTA ABIERTA
Los ataques de Estados Unidos e Israel contra Irán avizoran una guerra larga, silenciosa y cada vez más cerca de nuestro hemisferio. Aunque el conflicto se libra en el Golfo Pérsico, también salpica en Venezuela, Cuba, en los bancos de Beirut… y, por rebote, en la frontera norte de México.
Desde hace dos décadas, Teherán construyó un andamiaje de alianzas con regímenes autoritarios o iliberales de izquierda en América Latina (Venezuela, Cuba, Nicaragua, en su momento Bolivia, y la Argentina kirchnerista) para romper su aislamiento, mover petróleo bajo sanciones, lavar dinero y proyectar influencia política contra Washington.
Ese eje, además de su relación con China y Rusia, le dio a Irán una red de “retaguardias” desde donde sortear castigos económicos y mantener a flote su aparato militar y nuclear, teniendo siempre en la mira a Estados Unidos.
Cuando Trump decide iniciar la guerra contra Irán intenta también romper esas alianzas contraria a los intereses de Washington, forzando a Teherán a replegarse y enviar una señal a Pekín, Moscú y los regímenes aliados. Al mismo tiempo, desde luego, ve su petróleo como botín, al igual que lo está haciendo con Venezuela.
En toda esta intrincada red hay otro factor: los vínculos, difusos pero persistentes, entre redes iraníes (incluido Hezbolá) y las mafias en América Latina.
Desde el narcotráfico y el petróleo venezolano, hasta el lavado de dinero y tráfico de personas, todo ello roza el delicado rol de México dentro de los intereses del vecino país del norte.
No hace falta una orden de Teherán a un cártel para que, en Washington, se imagine el peor escenario: un Irán acorralado que aprovecha rutas y estructuras criminales para desestabilizar a Estados Unidos desde su extensa frontera sur.
México queda atrapado en esta ecuación como eslabón vulnerable. Su ubicación, su interdependencia económica con Estados Unidos y la capacidad de fuego de sus cárteles lo convierten, en la mirada de los ‘halcones’ estadounidenses, en otro frente de la guerra con Irán: un lugar donde se cruzan miedos geopolíticos, fantasmas del terrorismo y una violencia criminal real.
Por si alguien no lo sabe, los ‘halcones’ gringos son políticos, asesores o funcionarios partidarios de una política exterior agresiva, intervencionista y belicista, priorizando la fuerza militar sobre la diplomacia.
Por eso, el riesgo para México es ser tratado como extensión del teatro de guerra Irán–EEUU–Israel , con más presión desde Washington, y, al mismo tiempo, ver cómo la narrativa de “amenaza iraní” sirve para profundizar un tema prioritario en la agenda trumpista: la captura territorial y económica del Estado mexicano por el crimen organizado.



