CARTA ABIERTA ENTREGA INMEDIATA
Es curioso ver cómo se empeñan en invertir millones para erigir un flamante Museo Olmeca en Villahermosa, mientras ignoran el legado de aquel hombre que soñó con un oasis cultural en la selva. La idea de desarraigar los tesoros originales de La Venta para encerrarlos tras paredes climatizadas revela, antes que nada, una ignorancia alarmante: parecen desconocer la fuerza poética que Pellicer infundió en cada piedra, en cada capricho de la naturaleza que rodea las esculturas milenarias.
El Instituto Nacional de Antropología e Historia y su arquitecto estrella, Enrique Norten —quien no dudó en tildar de “cínico” a un Andrés Manuel López Obrador— apuestan por semejante “maravilla moderna”. ¿Quién, en su sano juicio, se adentrará en un recinto impersonal lleno de réplicas de fibra de vidrio cuando puede contemplar los originales donde siempre han estado, bajo el cielo abierto y entre la vegetación salvaje? La ficciones térmicas jamás podrán reemplazar la simbiosis de la piedra con la humedad tabasqueña.
Apenas hace unos meses, antes de irse, el gobernador Carlos Manuel Merino se negó rotundamente a semejante trasiego.
Sabía que, además de salvar árboles o lamentar el derribo de palmeras, existía un asunto mucho más grave: reemplazar la autenticidad por copias baratas.
Optó por una apuesta distinta: invertir 20 millones de pesos en un rescate integral, dejando también recursos etiquetados por 2.5 millones para una iluminación nocturna, a fin de crear un espectáculo de luz que recordara al visitante la grandeza de aquel escenario donde Pellicer construyó un poema de siete hectáreas.
Gracias al apoyo de Eni México y la UNESCO, se modernizó la museografía con módulos para personas con discapacidad auditiva y visual, sin sacrificar un ápice de la esencia original.
Sin embargo, hoy los gestores de esta nueva quimera pretenden erigir un elefante blanco a costillas de la historia. Para justificar su ocurrencia, argumentan que el ambiente deteriora las piezas. ¡Por favor! Llevan más de seis décadas expuestas bajo el sol y la lluvia, sobreviviendo como testigos de un pasado milenario donde estuvieron bajo tierra. Si se tratara realmente de cuidarlas, bastaría con otro tipo de protecciones y cierta vigilancia: no hace falta despojarlas de su entorno.
Parece que ni ellos, ni quienes aplauden esta ocurrencia, han leído la célebre carta que Pellicer envió a Alfonso Reyes en 1957.
Ahí, mientras describía la odisea de trasladar esculturas de treinta y cincuenta toneladas, deja claro su sueño por crear un recinto vivo, un poema geológico donde las piedras hacen bulla al instalarse y los visitantes se sorprenden al descubrir una ardilla o un ave exótica.
Ese espíritu festivo, casi irreverente, choca frontalmente con la idea de una galería hermética, donde el aire acondicionado es la única frontera entre el hombre y la humedad de la ciénaga.
¿Acaso quieren un parque-museo convertido en un lote de lujo? Si los originales se marchan, el predio perderá su atractivo y, en un par de años, esos terrenos terminarán vendiéndose a desarrolladores inmobiliarios. ¿Y entonces, quién pagará los costos de oro para mantener un sitio selvático sin alma, con piezas de plástico que jamás podrán susurrar milenios?
Si persisten en esta idea descabellada, se consumará la traición. La Venta dejará de ser un poema, para convertirse en una mera postal turística, fría y calculada. El espíritu de Pellicer, su jolgorio frente a las columnas megalíticas, quedará sepultado bajo la impostura de un proyecto que no comprende la poesía de la piedra. Ese día, no solo perderemos un museo: nos habremos borrado a uno de los visionarios más audaces que Tabasco haya tenido.



