CARTA ABIERTA
El escenario no pudo ser más elocuente. En Buenos Aires, durante la Conferencia Internacional para el Control de Drogas, el director de la DEA, Terry Cole, cubrió de elogios a Omar García Harfuch calificado como un “socio de confianza”. Que el secretario de Seguridad haya asistido como orador principal ante delegaciones de cien países significa que la Casa Blanca eligió a su interlocutor como el funcionario de toda su fiabilidad en el gabinete de Claudia Sheinbaum.
Este espaldarazo adquiere una dimensión que aún es muy difícil de vislumbrar en toda su magnitud dentro las entrañas de la 4T. Ocurre casi en simultáneo con un golpe quirúrgico al corazón del obradorismo: la revocación de la visa estadounidense a Andrés Manuel López Beltrán. La Casa Blanca aplica la clásica diplomacia del garrote y la zanahoria.
Detrás de esta maniobra, es evidente que Estados Unidos estaría buscando dividir al morenismo, operando una separación entre los funcionarios de su entera empatía, como Harfuch, y aquellos pesos pesados sobre los que mantiene serias sospechas de ligas criminales.
Esta estrategia norteamericana no ha caído de buena manera en el ala más extrema de Morena. Este sector radical, caracterizado por su abierta rivalidad con Estados Unidos, observa con profunda sospecha la cercanía de la DEA con el secretario.
Para los «puros» del movimiento, Harfuch nunca ha sido visto como uno de los suyos debido a su perfil técnico y su pasado ajeno a las luchas de izquierda. Por eso, el aplauso de Washington solo aviva el fuego de las facciones internas en el partido oficialista.
Para Harfuch, este protagonismo es una enorme responsabilidad que le exigirá actuar con neutralidad absoluta. Washington espera que desmantele la densa red de protección política que ampara al crimen organizado, una hidra que salpica tanto a Morena como al PAN, PRI o Movimiento Ciudadano.
Al erigirse como el puente indispensable con el vecino del norte, Harfuch altera el tablero sucesorio, ubicándose de forma inevitable como el presidenciable más visible rumbo a 2030.
Su trabajo dependerá de un complejo acto de equilibrismo: entregar los resultados de mano firme que le exige la DEA contra el narcoterrorismo, sin perder por completo el respaldo de la base soberanista de su propio movimiento. Qué difícil será estar en sus zapatos, porque traicionar la bendición de Donald Trump ya no es una opción. Por ahora, sigue teniendo todo el apoyo de Sheinbaum.

