RELATO MACABRO
Ya eran cuatro veces que ese extraño ser me llamaba: «¡…ven!… ¡ven!», me decía, pero yo lo insultaba a pesar de mi corta edad, pues en mi casa me enseñaron a no acercarme a desconocidos… pero ese era el mismísimo malo y muy feo.
Luis ya pasa de los 50 años y, motivado por algunos casos aquí publicados, nos cuenta lo que le sucedió hace mucho tiempo cuando apenas tenía 11 años.
Nuestro protagonista, con mucha pasión, manifiesta que es orgullosamente oriundo de la colonia Atasta.
Dice Luis que desde pequeño le gustó el béisbol y de adolescente lo practicó, y de muchacho fue excelente pitcher.
Por el rumbo donde nació, creció y se desarrolló jugó buena pelota, porque además la colonia crecía muy rápido y todavía había muchos espacios para el deporte.
Pero el detalle, dice que recuerda muy bien, que de chamaco iba muy seguido a las tiendas cercanas a su casa, pues en aquellos entonces no había muchas grandes cadenas de supermercados.
De tal manera que mis hermanos mayores trabajaban y yo y mi otro hermanito quedábamos con mi madre y hacíamos las tareas; nosotros éramos los del mandado.
La zona donde vivíamos en Atasta, en algunas partes colindaba con la laguna del rumbo del frigorífico… todo era monte, mucho monte.
En aquellos tiempos nuestra calle tardó en ser pavimentada a pesar de ser considerada como Circuito de Atasta.
Cuando mi mamá nos enviaba a las tienditas, nos daba mucho miedo porque había tramos donde había mucha maleza.
Hubo tres ocasiones en que se me aparecía un viejito entre el monte y me llamaba: «Oye niño, ven acá, tengo dulces… ¡no tengas miedo!… ¡no te voy a hacer nada!… ¡toma dulces, son muchos!»
Dado lo raro de esas apariciones, se lo comenté a mi hermano dos años mayor que yo y, como ese sí era más atrevido, me estuvo acompañando en otras ocasiones, pero ese desconocido no se apareció.
Mi hermano, un día que estaba ocupado con su tarea y no me pudo acompañar a la tienda, me hizo una recomendación muy especial por si se aparecía ese desconocido del monte, ya que fácilmente también se veía parte de la laguna que dicen que estaba encantada.
La calle donde viví casi toda mi vida salía hasta lo que es Ruiz Cortines, pero durante mucho tiempo solo tenía grava o piedra bola y tierra roja; no estaba pavimentada.
Me fui a cumplir las instrucciones de mi mamá por arroz y aceite en la tiendita, cuando de pronto me llamaron de entre la maleza y pude ver a ese viejito feo, sucio y melenudo, con sombrero.
Me llamó varias veces y me ofrecía dulces, muchos dulces: «Toma estos dulces, son tuyos… ¡no tengas miedo!»
A mi edad comencé a tener mucho miedo, y esa persona con mal aspecto se me fue acercando y de repente me acordé de la recomendación de mi hermanito: metí mi mano derecha a la bolsa de mi pantalón y saqué dos piedras grandes y se las lancé. Como yo tenía bastante puntería por jugar béisbol, le pegué en el cuerpo y salió corriendo del lugar.
Al día siguiente hice lo mismo: llevé otras dos piedras en mi pantalón y se volvió a aparecer, le volví a tirar las piedras y se fue adolorido. Nunca más se apareció.
Después de ese suceso se lo conté a mi mamá y me regañó por no haberle puesto en conocimiento esa situación.
Mi madre me contó esa historia de los «seres» del monte que pierden a los niños porque tienen su alma pura… de lo cual hay muchos relatos, sobre todo en el medio rural… pero también en la ciudad y casas abandonadas.
¿Usted ya vio de frente a un duende?… ¿Vive usted donde hay mucha vegetación y los ve seguido?… ¿Le gustaría hablar con ellos o darles de palazos o lanzarles piedras?
