¡Inexplicablemente había material de construcción sobre la carretera! ¡Mi desplazamiento veloz fue interrumpido de pronto! ¡Algo poderosamente evitó tener un accidente mortal! ¡Sí, era Duke!
Eduardo es un consumado aficionado al motociclismo; durante su etapa de juventud tuvo varias motos, a las cuales hacía especiales por los arreglos que les imprimía para conservarlas al cien por ciento funcionales.
Lalo era de aquellos jóvenes que alguna vez tenían como sede de reuniones el amplio estacionamiento de una franquicia de supermercados en la zona del Guayabal, desde donde planeaban diferentes «rodadas», ya sea en algunos municipios de Tabasco o Chiapas.
La convivencia entre amigos motociclistas era de una marcada fraternidad, porque nos apoyábamos en el arreglo de motores o accesorios para la mayor seguridad del desplazamiento.
En nuestro grupo había total respeto entre los compañeros y, porque no solo éramos jóvenes, también había personas adultas que toda su vida tuvieron este tipo de vehículo.
Los viajes o recorridos eran bien programados en materia de logística, porque se proyectaban las «escalas técnicas» donde teníamos descanso para ejercitar las piernas y evitar el estrés por las distancias en recorrido. Nos agrupábamos coordinadamente para evitar la dispersión; esto permitía salir todos juntos y volver todos juntos sin accidentes y tener la asistencia mecánica a tiempo.
Lalo nos comenta que es tabasqueño, pero sus abuelos eran de Chiapas y durante muchos años vivieron precisamente en el vecino estado, en casa de los patriarcas, donde pasó gran parte de su niñez y adolescencia. Después vinieron al trópico húmedo para hacer sus estudios profesionales y ya es padre de familia… retirado del motociclismo.
Pero esta narrativa sale a la luz pública, animado por los diferentes casos que muchas veces permanecen guardados en el fondo del baúl de los recuerdos, y ahí están, sin ser compartidos… ocultos y en total olvido.
Hay experiencias que, si no se cuentan, no pasa nada, pero al exponerse, podrían servir para algo tal vez.
El amigo Eduardo recuerda que aquella «rodada» fue ir hasta el Mirador de la zona de Selva Negra en Chiapas, zona a la que muchas veces fuimos para disfrutar las curvas, subidas y bajadas, pero también del agradable clima y hermoso paisaje.
Pasamos por diferentes poblaciones de la entidad; hicimos la primera parada en Teapa por las vías del tren y de ahí arrancamos a Pichucalco… y todo para arriba a las montañas donde la carretera nos ofrece excelentes panorámicas.
Hay un tramo de muchas curvas y es ahí donde nos comenzamos a rezagar a cierta distancia para evitar accidentes… pero los compañeros que iban mucho más adelante encontraron grava sobre la carpeta de rodamiento… yo iba con mi velocidad normal y con toda la precaución del mundo.
Cuando llego a un tramo donde empiezo a ver unas cuantas piezas de material tirado… de pronto aparece un enorme perro de la raza pastor alemán belga que de inmediato me llamó la atención al ver ese tipo de apariciones en ese lugar.
Hago maniobras para disminuir la velocidad y puedo ver perfectamente dicho animal que no me asustó al verlo, pero sí me provocó pensar en su presencia y mirarlo fijamente.
Frené totalmente mi motocicleta y lo vi pasar la carretera… parece mentira, pero hubo momentos en que este extraño animal me miró fijamente… algo creo que me quería decir (claro, los perros no hablan), pero esa mirada muy expresiva y el estar parado a cierta distancia de mí… me produjo escalofríos, pero no terror ni rechazo; al contrario, traté de interpretar sus movimientos y mirada, pues sabía cómo tratarlo dado que de chamaco tuve un perro en casa de mis abuelos.
Todo lo anterior sucedió en segundos, mi cabeza y pensamiento concentrados en esta aparición.
De pronto el perrito se fue al desaparecer entre la vegetación… no sin antes emitir un ladrido a manera de despedida… a lo que yo respondí levantando los brazos en señal de saludo.
De nuevo me incorporo a la carretera y doy alcance al grupo de amigos que ya me esperaban preocupados en el Mirador de Selva Negra. Les conté dicha aparición y me contaron lo oportuna que fue esa misteriosa presencia de dicho perrito, porque más adelante un camión volteo tuvo una falla mecánica que quedó averiado y estuvo a punto de irse al precipicio… no sin antes dejar tirada la mayor parte de la carga de grava… fue como un aviso celestial del peligro, coincidieron todos.
Como no podía quitarme de la mente esa aparición del perrito, les comenté a mis amigos que pasaría a visitar en el camino intermedio a unos parientes y luego los alcanzaría en Villahermosa.
En efecto, pasé donde había vivido una temporada con mis abuelos, vivienda que fue ocupada por unos tíos y primos… busqué la sala y mi corazón se aceleró más rápido que de costumbre al ver una foto mía de chamaco con mi perro Duke… ¡el mismo que se me apareció horas antes en el camino… inexplicablemente!
A eso fui a aquella casa, tenía esa corazonada de que ese perrito era el mismo que fue mi amigo de infancia y adolescencia… coincidencias tal vez… pero creo que me salvó la vida o pude tener un accidente fatal.
Dicen aquellos que creen saber de estos fenómenos paranormales, que en esas zonas de espesa vegetación existen muchas energías; algunas se presentan tranquilas y otras en diferentes formas… esta aparición del perro pudo ser una «entidad» que previno o salvó a Lalo de un accidente.
