Relato Macabro
¡Andar en el monte es peligroso! Seres y energías pueden perderte para nunca volver. Son entidades diabólicas que te absorben. ¡Por poquito y nos sucede algo fatal, pero recurrí a mi Dios!
Don Horacio es un hombre forjado en las rudas jornadas del campo, donde tiene rutina de inicio, pero no sabe la hora de ir a descansar.
Nuestro entrevistado, con cierto temor, nos dice que a lo mejor su historia no tiene tanto interés para ser publicada en este espacio, de tal manera que lo animamos para que diera su narrativa, porque no podía ser que antes de darla a conocer ya se había desanimado.
Y se nos adelanta, diciendo: «Es que estas cosas en el campo, para nosotros, son «normales»; suceden frecuentemente y tal vez a su auditorio no le agrade».
Pero don Laco, así le gusta que le digan, porque así lo conocen en su comunidad de aquí del municipio de Centro.
Pues bien, afirma don Horacio, en una de las tantas veces que fui a mi parcela para dar atención a mi siembra de maíz, frijol pelón, yuca, cilantro, perejil, camote y calabaza, siempre salgo de mi casita antes de que aclare la mañana y así pueda avanzar lo antes posible, porque después está más fuerte el calor de la Canícula.
Esta terrible experiencia me sucedió el año pasado, precisamente para estas fechas del período de vacaciones de mis nietos que viven en mi hogar con algunos de mis hijos.
En aquella ocasión, mi nieto Luisito, de 10 años, que siempre me acompaña y que está muy acostumbrado a mí porque lo he llevado distintas veces al cultivo junto con su padre, me pidió ayudarme a cortar las mazorcas y no podía negarme, porque ya tenía su costal al hombro, su sombrero y su termo de agua fresca. Al verlo tan entusiasmado, quebró mis sentimientos y me hizo recordar que así ayudaba yo a mi papá.
Ya estábamos saliendo de mi casita —asegura don Laco— cuando mi viejita Lencha, que nos había preparado el desayuno y el «qué beber», nos frena de golpe con un fuerte grito: «¡Un momento, chamacos! ¡Tú, Luisito, ponte tu camisa al revés y tú, Laco, no lo sueltes de la mano! ¡Vayan con Dios y con Dios vuelvan!», al tiempo que nos echaba la bendición.
Don Horacio le enseñó a Luisito por enésima ocasión la siembra de cilantro y su cuidado por ser una planta muy delicada; cómo caminar entre las guías de las calabazas y demás cultivos.
Llegó el momento de cortar el maíz y le hice la recomendación a mi nietecito de no alejarse y estar muy cerca de mí. Ahora sí que un ojo al gato y otro al garabato. Todo marchaba bien: cada mazorca al costalito.
Sin saber en qué momento, Luisito, tal vez por su sobrada energía, me llevaba tres pasos de ventaja e iba muy rápido cortando. Mientras yo cortaba, este muchacho se alejaba. De repente, sin que él dejara de cortar el maíz, yo escuché voces muy cerca. Miré alrededor y no vi a nadie. Vuelvo a ver a mi nieto y hasta algunas risas vuelvo a escuchar, y esto ya me puso en alerta y muy preocupado.
Dejo mi costal, que ya casi estaba lleno, y le grito a Luisito: «¡Espérame, hijito! ¿Con quién hablas?».
De pronto se voltea y expresa: «¡Con nadie, abuelito! ¡Con nadie!».
Pego la carrera rezando e implorando a Dios protección, y rápidamente estoy con Luisito. En efecto, no había nadie más, pero a un costado se movió la vegetación: la milpa tuvo movimientos como si alguien se desplazara entre los surcos, aplastando algunas plantitas de frijol.
Me puse a rezar el padrenuestro y fuimos saliendo de la zona de cultivo, muy atentos para ver algún otro movimiento.
Llegamos a casa y mi Lencha, bien contenta con las dos cargas de mazorcas, nos miró un poco extraños y rápido nos enfrentó: «¿Qué tienen? ¿Qué se traen? ¿Qué les pasa? ¡Contesten!».
Y pues ni modo, tuvimos que contarle lo sucedido. Muy rápido se dio cuenta de que Luisito no se había puesto la camisa al revés.
¡Ya se imaginarán ustedes la regañiza para los dos! «¡Haz caso, muchacho!», me dijo a mí. Claro, fue superada la charla y nos dio un agua de hierbas que solo ella conoce, porque sostiene que es su receta secreta, con un «baño» de agua bendita.
Quienes creen saber de estos sucesos dicen que en el monte hay seres o entidades que ahí viven y son considerados «sus dueños», por eso hay que andar con mucho cuidado y protegidos con imágenes religiosas, o con algunos amuletos y creencias como esa de la camisa al revés.
¿A usted le ha sucedido un caso igual? ¿Usted no cree en la camisa al revés? ¿Será puro cuento esa recomendación del campo?
