A Pedro le pareció muy extraño que a esa hora el anciano buscara comida. Su presencia era tenebrosa y, de cierto modo, espeluznante. Un escalofrío recorrió su cuerpo y hasta sudaba a esa hora de la madrugada. «Que Dios lo bendiga y la Virgen lo acompañe… fue quizá mi salvación».
Don Tomás se armó de valor y, dejando la pena a un lado, se animó a contarnos la historia que su amigo Pedro le relató cuando se encontraba aquí en Tabasco, haciendo su respectivo turno de vigilancia en un enigmático crucero de este municipio de Centro.
Ciertamente, don Masho, al conocer el suceso de su amigo Pedro, le dijo que alguna vez contaría esa anécdota, pues sí vale la pena darla a conocer, porque en algunas ocasiones, esas experiencias se repiten en distintos lugares.
Nuestro relator, que es don Tomás, después de tener la anuencia del protagonista de esta historia —quien ya no está aquí porque fue enviado al norte del país—, nos ilustra diciendo que Pedro es un elemento de la Guardia Nacional que fue destacado en la entidad ya hace algunos meses, cuando precisamente la situación de violencia estaba en su punto máximo.
Subraya don Masho que, inexplicable y afortunadamente, han bajado los índices de violencia, y esto ayuda a la mayor tranquilidad y la paz; pero hace poco esa situación estaba fuera de control, totalmente incontrolable, al punto que ya resultaba difícil salir a la calle.
Asegura don Tomás que su amigo Pedro vino en esa avanzada de última hora, ordenada por la presidenta Claudia, para reforzar a las autoridades policiacas del estado.
Era tan terrible el ambiente que quienes integraron los primeros contingentes de la GN, al llegar al aeropuerto de esta capital, entonaban el Himno Nacional, no sabemos si por orgullo o para darse valor, porque aquí estaban a la orden del día la quema de vehículos, bloqueos, ejecuciones y siniestros en tiendas de abarrotes y otros giros comerciales; pero también eran víctimas personas que nada tenían que ver con ese desorden entre bandas rivales.
El caso es, nos expresa don Masho, que a su amigo Pedro le tocó estar con un grupo de compañeros, ubicados en una especie de retén en un crucero fuera de la ciudad donde no había mucha actividad vehicular, pero este estratégico sitio debía estar muy bien vigilado para acorralar a los delincuentes.
Cuando eran más de las dos de la madrugada, casi rayando las tres, a lo lejos pudo ver cruzar, más atrás del sector, una vaca enorme; luego, un toro rojo grandote y también un chivo que corría con mayor facilidad como a unos 400 metros. Estos animales no avanzaban, solo daban vueltas en esa zona y sobre la carretera.
De guardia solo estaban Pedro y un compañero más; uno vigilaba hacia un lado y el otro hacia el contrario, de tal forma que cada quien tuviera visión de dos vías del crucero.
Pedro miraba fijamente a aquellos animales que, a esa hora de la madrugada, no se sabía si por la neblina o por otra razón, parecían echar humo, mucho humo.
A lo lejos pudo ver la silueta de una persona y notó que detrás de ella venían los animales. De pronto, después de cierto tramo, esos animales desaparecieron de la nada, pero el sujeto seguía avanzando hacia el puesto de control.
Pedro, ante la proximidad del hombre desconocido, preparó su arma y se puso en guardia sin avisarle a su compañero, pues parecía solo un viejito. Le marcó el ALTO y le pidió identificarse, a lo que el sujeto respondió:
—Solo soy un viejito que anda buscando comida.
A Pedro le pareció raro que a esa hora el señor estuviera buscando dónde comprar comida. Por tanto, no bajó la guardia y lo siguió interrogando:
—¿Pero a esta hora no hay ningún comercio abierto? Mejor váyase a descansar y por la mañana busca algún lugar donde vendan comida.
Pedro le insistió en que se retirara de la zona porque estaban vigilando y no fuera a sucederle algo.
La preocupación invadía a Pedro, y no le quitaba la mirada al desconocido, cuya ropa se veía muy descuidada y despedía un cierto mal olor, aunque descartaba que estuviera ebrio. Algo extraño y misterioso lo tenía intranquilo.
—¡Retírese, señor, por favor! Estamos en guardia y trabajando.
Hubo un momento en que ninguno de los dos emitió palabra alguna. Sus miradas estaban clavadas una en la otra. Algo presentía Pedro; ya le daba mala espina su presencia.
De pronto, el extraño le volvió a decir:
—¡Tengo hambre! ¡Mi cuerpo me lo pide! ¡Debo comer para subsistir! ¡Ayúdeme, joven, por favor!
Por la marcada insistencia del desconocido, Pedro reaccionó. Las cosas ya se estaban saliendo de control, porque ese hombre quería algo más que comida. Algo muy grave estaba pasando, pues la actitud de esta persona se estaba transformando. Y Pedro le expresó:
—¡Por el amor de Dios, retírese! ¡Que la Virgen de Guadalupe lo acompañe y vaya en paz!
Con voz firme y fuerte le advirtió al anciano:
—Si no se va, voy a hablarle a todo el destacamento y puede tener serios problemas.
Fue entonces que Pedro dio tres pasos y, al intentar llamar a los demás para avisarles, volvió la mirada hacia el anciano. ¡Este ya no estaba en el lugar! ¡Se había desvanecido!
De inmediato, le habló al otro compañero de guardia, y este le dijo que no vio a nadie junto a él; que a Pedro lo había visto de espaldas, ¡pero solo!
Pedro le explicó el encuentro con ese anciano, pero la respuesta fue la misma: ¡no vio a nadie junto a él! ¡Tampoco vio a la vaca, ni al toro rojo, ni al chivo!
Ya enterados los otros, comenzaron a buscar en el perímetro. El esfuerzo fue infructuoso: ¡no había nadie!
Quienes creen saber de este tipo de fenómenos paranormales consideran que estas energías se aparecen en las madrugadas, sobre todo en zonas despobladas y con bastante vegetación, pero en especial en los CRUCEROS, que, según hechiceros y brujos, son áreas especiales para rituales y trabajos de magia negra de alto nivel. Podría ser que el hambre de aquel ser fuera la de absorber el alma de Pedro.
¿A usted no le da miedo caminar en la madrugada por algún crucero? ¿Para usted, ese maleficio es puro cuento? ¿Usted no cree en esas fantasías ancestrales?
