Carta Abierta
La palabra “extradición” ya no provoca el mismo escalofrío que antes. Ahora, varios capos mexicanos ven con buenos ojos ser enviados a Estados Unidos, porque allá no solo enfrentan un juicio: también encuentran la puerta abierta para convertirse en testigos protegidos, reducir condenas y, de paso, negociar beneficios que en México serían impensables.
La “expulsión” –figura distinta a la extradición tradicional– se ha convertido en la llave para ese intercambio de favores judiciales.
Washington lo sabe y lo explota. Cada narcotraficante entregado es un archivo viviente de cómo funciona la maquinaria del narco y, sobre todo, de cómo se teje la relación con funcionarios, partidos y autoridades mexicanas.
No se trata sólo de combatir al crimen organizado, sino de entender sus vasos comunicantes con la clase política y empresarial. Y, en esa ecuación, la información vale más que cualquier decomiso.
Basado en declaraciones del periodista Jesús Esquivel en el noticiero “Aristegui en Vivo”, esta dinámica se explica con los casos recientes —de Abigael González Valencia “El Cuini” a Servando Gómez “La Tuta”, pasando por operadores del Cártel de Sinaloa— que dejan claro que el objetivo de Estados Unidos va más allá de sentencias ejemplares.
Lo que busca Trump es desmenuzar décadas de narco-corrupción, con nombres, fechas y acuerdos en la mesa. Y para eso, el miedo de los capos ya no es un obstáculo: ellos mismos buscan el trato.
En este contexto, llama la atención la disposición del gobierno de Claudia Sheinbaum para enviar a esos capos bajo el esquema de expulsión.
En la práctica, parece haber un entendimiento tácito con la administración de Donald Trump. No sería descabellado pensar que la presidenta, consciente de que estos testimonios pueden dinamitar redes heredadas del sexenio de López Obrador, sabe también que podrían alcanzar a los sexenios del PRI y el PAN.
Al otro lado de la frontera, se tejen expedientes que pueden ser usados en momentos estratégicos, incluso como moneda de cambio diplomático.
Lo cierto es que, en este ajedrez binacional, la pieza más codiciada ya no es el capo en sí, sino la información que guarda. Y esta, bien administrada, puede servir para reescribir alianzas, ajustar cuentas y, quizá, llevar a varios pesos pesados del oficialismo tras las rejas.
: LA RÚBRICA
La llegada de Omar Reyes Colmenares a la Unidad de Inteligencia Financiera (UIF) es un corte limpio con la pasividad que caracterizó a Pablo Gómez, quien dejó un estercolero de omisiones y un organismo paralizado. Colmenares llega con el visto bueno de Estados Unidos, en un momento en que la presión de Washington sobre México para golpear las finanzas de los cárteles se ha intensificado. Su promesa de no convertir la UIF en un instrumento de persecución política contrasta con lo hecho por su antecesor.
