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En 2018, el entonces presidente Andrés Manuel López Obrador prometió repetidamente que México tendría un sistema de salud “como el de Dinamarca”. Hoy, seis años después, los datos del Inegi revelan una cruda realidad que no sólo contradice esa promesa, sino que la convierte en una afrenta: el número de mexicanos sin acceso a servicios de salud se duplicó, pasando de 20.1 millones a 44.5 millones de personas. No es una cifra. Es una herida que duele.
La medición de pobreza del Inegi no se basa en percepciones ni en discursos: se basa en el derecho efectivo a recibir atención médica. Y ese derecho, que debería ser sagrado en cualquier democracia, se ha erosionado gravemente.
En el México rural, la mitad de la población quedó fuera del sistema. En las ciudades, tres de cada diez personas viven sin cobertura. ¿Qué significa esto en la vida cotidiana? Significa que un dolor no atendido puede volverse crónico. Que una fiebre puede convertirse en tragedia. Que la dignidad se pierde en la sala de espera de un sistema que ya no espera por nosotros.
La desaparición del Seguro Popular y la fallida implementación del INSABI dejaron un vacío institucional y económico sobre todo, que ni el IMSS-Bienestar ni las promesas de federalización han logrado llenar.
La fragmentación del sistema, la informalidad laboral y la falta de portabilidad que ciudadanos puedan tener entre instituciones de salud, han convertido el acceso a la salud en un privilegio, no en un derecho.
Pero más allá del análisis frío, lo que duele es el desprecio por la verdad.
Prometer Dinamarca y entregar desamparo no es sólo un error político: es una traición ética. Porque la salud no es un lujo escandinavo. Es una necesidad mexicana.
Desde Tabasco hasta Tijuana, desde la sierra hasta el centro urbano, millones de mexicanos enfrentan esta carencia, pero no deberían tener que hacerlo.
La salud debe ser el primer piso de la justicia social, no el sótano de la negligencia gubernamental.
Va Directo.-
Hoy, más que nunca se necesita alzar la voz. No para exigir milagros, sino para reclamar lo básico. Lo justo. Lo humano.
