La Agenda en Red
La Cuarta Transformación nació con una promesa: romper con el pasado, erradicar la corrupción, y construir una nueva ética pública. Pero hoy, a la luz de los nombramientos y adhesiones que rodean al gobierno de AMLO y Claudia Sheinbaum, esa promesa parece desdibujarse entre los rostros conocidos del viejo régimen.
Embajadores, cónsules, asesores, operadores políticos. Decenas de expriistas, muchos en su mayoría, con historiales cuestionables, otros con una larga trayectoria pero manchados en actos inmorales y de gran corrupción en el poder, han sido integrados al proyecto de la 4T. Ahí están Claudia Pavlovich, Quirino Ordaz, Omar Fayad, Marco Mena, Miguel Aysa, Carlos Iriarte… todos exgobernadores priistas, hoy convertidos en representantes diplomáticos del nuevo gobierno. A ellos se suman figuras como Eruviel Ávila, Alejandro Murat, Adrián Rubalcava, Manuel Bartlet, Rocío Nahle, Alfonso, Durazo, Félix, Salgado, Alejandra del Moral, Esteban, Moctezuma, Américo, Villarreal, Alejandro Armenta, Ricardo Monreal, David Monreal, Alfonso Jasso, Rubén Rocha, Ignacio Mier, Lydia Sansores, Ignacio Ovalle, y Carlos Ramírez Marín, que han abrazado la causa morenista bajo el paraguas de la auto llamada “Alianza Progresista”.
¿Es esto pragmatismo político o una contradicción ética? ¿Es legítimo sumar experiencia administrativa, aunque provenga de estructuras que durante décadas perpetuaron la desigualdad y el clientelismo? ¿Dónde queda la coherencia ideológica de un movimiento que se proclamó como ruptura?
La ciudadanía merece respuestas. Porque cuando el cambio se construye con los mismos de siempre, el mensaje que se envía es devastador: que todo es negociable, que la esperanza puede reciclarse, que la transformación puede maquillarse con los colores del pasado.
Hoy, en este momento, la ciudadanía es crítica, vigilante, capaz de mirar más allá de los discursos y exigir coherencia.
No se trata de purismos ni de exclusiones, sino de principios. De recordar que la dignidad pública no se negocia, que la memoria histórica importa, y que la ética no puede ser un accesorio electoral.
Hoy, más que nunca, necesitamos reconstruir el sentido profundo de lo público: no como botín, sino como compromiso.
La Cuarta Transformación quiso ser auténtica. Pero no lo logró, porque para hacerlo, debió dejar de parecerse tanto al PRI, y ha sido todo lo contrario.
Al final todo fue una decepción más y un engaño brutal a los que confiaron en este movimiento.
