La Agenda en Red
Ayer 27 de agosto, mientras el Himno Nacional resonaba en el recinto legislativo, dos figuras públicas —Alejandro Moreno y Gerardo Fernández Noroña— protagonizaron una escena que no merece otro calificativo que el de vergonzosa.
Empujones, gritos, amenazas.
Un trabajador del Senado lesionado. Y todo esto transmitido en vivo, como si el Congreso fuera un set de reality show.
Pero más allá del escándalo mediático, lo que se rompió ese día fue algo más profundo: la dignidad parlamentaria. El respeto ciudadano. La idea de que el Senado es un espacio para el debate, no para la violencia.
Este episodio no es aislado. Es un síntoma de una degradación institucional que se ha ido normalizando.
La política se ha convertido en espectáculo, y el espectáculo en distracción.
Mientras tanto, los temas urgentes (salud pública, justicia social, seguridad y derechos ciudadanos) quedan relegados a segundo plano.
¿Dónde quedó la ética pública? ¿Dónde está el compromiso con la representación digna? ¿Quién responde por el daño simbólico que se inflige cuando el poder se ejerce sin decoro?
La ciudadanía merece representantes que honren el cargo, no que lo usen como plataforma para el ego o la agresión. Y nosotros, como comunicadores, periodistas, ciudadanos activos, tenemos la gran responsabilidad de no dejar pasar estos hechos como simples anécdotas virales.
Hoy más que nunca, hay que recuperar el sentido ético de lo público. Recordar que la política no es espectáculo, sino servicio. Que el respeto no se exige con gritos y amenazas, sino con conducta. Y que la dignidad parlamentaria no se defiende con golpes, sino con principios.
No hay que dejar pasar que cuando el Congreso se convierte en circo, es la democracia la que paga el boleto más caro.
