La Agenda en Red
En El Salvador, el presidente Nayib Bukele ha informado que llevan mil días sin asesinatos. Mil días. Cero muertos por violencia.
¿Y cómo lo logró?
Con mano dura. Encarcelando a miles de personas.
Construyó una Mega cárcel donde los presos viven en condiciones durísimas.
Y eso ha hecho que los delincuentes tengan miedo.
Miedo de caer ahí.
Y por eso, se puede afirmar que ya no matan. Que ya no delinquen.
El éxito del programa de Bukele no se explica solo por estrategia, sino por terror institucionalizado.
La llamada megacárcel —CECOT, el Centro de Confinamiento del Terrorismo— se ha convertido en símbolo del castigo extremo: celdas con hasta 75 reclusos, vigilancia permanente, sin libros, sin colchones, sin carne en la dieta. Luz encendida 24 horas, 23.5 horas de encierro al día. Juicios masivos, detenciones sin orden judicial, y más de 80 mil personas en prisión preventiva.
Conocer ayer la cifra de mil días sin homicidios fue lo que nos impactó. Una cifra que nos provoca, nos incomoda, pero que nos inspira.
Esto fue lo que nos llevó a preguntarnos qué estamos haciendo —y qué estamos dejando de hacer— para que México también pueda contar sus días de paz. No como una hazaña autoritaria, sino como un logro colectivo.
En México, seguimos viviendo con miedo.
Miedo de salir en la noche.
Miedo de que nuestros hijos no regresen.
Miedo de que la justicia nunca llegue.
Y entonces uno se pregunta:
¿Queremos una paz como la de Bukele?
¿Una paz que se logra con castigos extremos?
Muchos dicen que sí.
Que si los malos tienen miedo, los buenos pueden vivir tranquilos.
Que el precio es bajo si eso nos da seguridad.
Pero cuidado.
Porque si el gobierno empieza a castigar sin pruebas, sin respetar derechos,
mañana puede castigar a cualquiera.
A ti. A mí. A nuestros hijos.
Lo que necesitamos en México es una paz con justicia.
Una paz que respete la ley.
Una paz que cuide a los inocentes y castigue a los culpables, pero con pruebas, con juicio, con dignidad.
Porque la paz no se logra solo con miedo.
Se logra con respeto, con verdad, con ciudadanos que exigan que se construya.
Por eso, hay que hablar.
Hay que organizarnos.
Hay que exigir que la paz en México no sea una promesa vacía, sino una realidad para todos.
