La Agenda en Red
Ayer, durante su Primer Informe de Gobierno, la presidenta Claudia Sheinbaum aseguró que el abasto de medicamentos en hospitales públicos supera el 90%. Lo dijo desde Palacio Nacional, con firmeza y sin matices, “a pesar de las calumnias, malos augurios y mentiras” de la oposición.
El tema nos hizo reflexionar que en México, la salud pública se ha convertido en una promesa que aún no se cumple.
A pesar de que el gobierno ha destinado más de 122 mil millones de pesos al presupuesto de medicamentos en 2025, las recetas siguen sin surtirse, los hospitales están vacíos y las familias continúan peregrinando entre farmacias privadas, pagando precios que duplican los de hace seis años.
El problema no es nuevo, pero sí más grave. Desde 2019, el sistema de adquisiciones ha cambiado de manos tantas veces (IMSS, Secretaría de Hacienda, ONU, INSABI, Birmex) y que hoy nadie sabe con certeza quién es responsable, Y mientras el discurso oficial habla de “Rutas de la Salud” y kits mensuales, la realidad es que más de 82 millones de recetas no se han surtido en este sexenio.
La megafarmacia prometida por el presidente López Obrador fue un símbolo de esperanza. Hoy, es un gigantesco símbolo de simulación. No hay aspirinas, no hay antibióticos, no hay insulina. Y lo más grave no hay medicamentos oncológicos. Pero más, no hay transparencia.
Las cifras oficiales no cuadran con lo que viven los pacientes.
Las organizaciones civiles como Cero Desabasto han documentado más de 26,000 reportes ciudadanos de falta de medicamentos. ¿Dónde están los fármacos que supuestamente ya fueron distribuidos?
El desabasto no solo afecta a quienes tienen enfermedades crónicas. También golpea a quienes necesitan tratamientos urgentes, operaciones, terapias. Y cuando el sistema falla, las familias se automedican, se endeudan, se amparan. La salud se convierte en una lucha individual, cuando debería ser un derecho colectivo.
Este no es un problema técnico. Es un problema ético. Porque cuando el Estado promete salud y no entrega nada, está traicionando su deber más básico: el de proteger la vida de sus gobernados.
La pregunta no es si hay dinero. Lo hay.
La pregunta es: ¿por qué no hay medicamentos?
Y la respuesta está en la opacidad, la mala planeación, la falta de rendición de cuentas, la falta de trasparencia. Mientras no se corrija eso, el desabasto seguirá siendo una herida abierta en la agenda del gobierno.
