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Este sábado, Tabasco vivió una jornada que retrata con crudeza la contradicción entre el discurso oficial y la realidad que se vive en las calles. Mientras la presidenta Claudia Sheinbaum encabezaba un acto público en Villahermosa, la violencia se manifestaba sin pudor: ejecuciones, vehículos incendiados, ponchallantas. Uno de los autos fue quemado a plena luz del día, a escasos minutos del mitin presidencial, en una de las avenidas más transitadas de la capital.
El despliegue de seguridad fue monumental: cerca de 10 mil elementos entre militares y Guardia Nacional. Pero ni esa cifra logró contener el miedo. Porque aquí, en Tabasco, la violencia no se toma descanso ni por protocolo. Y eso dice más que cualquier cifra anunciada desde el templete.
La presidenta habló de programas sociales, de inversión, de bienestar. Pero no mencionó el clima de inseguridad que nos coloca como segundo lugar nacional en percepción de riesgo. No habló de las balaceras que nos obligan a vivir con sobresalto. No hizo referencia al caso Hernán Bermúdez, ni al dolor que deja la impunidad.
La pregunta que flota en el aire es inevitable: ¿de qué sirve el aparato si no puede garantizar paz ni siquiera en el día más vigilado del año? ¿Qué queda para el resto de los días, cuando no hay reflectores ni discursos?
