Carta Abierta
Las fotografías del Informe en el Zócalo, con varios pesos pesados morenistas detrás de vallas metálicas, provocaron interpretaciones que iban desde el castigo político hasta el fin de una era dentro de la 4T. Sin embargo, la presidenta Claudia Sheinbaum atajó los rumores: no hay mensaje alguno en ese acomodo. Son chismes. Y aunque a algunos les incomode la sencillez de esa respuesta, quizá por eso es creíble lo que señala.
Dice que no necesita enviar señales cifradas ni escenificar distancias con quienes forman parte del obradorismo más duro. Lo suyo ha sido mantener el control desde la institucionalidad, no desde la intriga. Por eso, reducir el festejo de su primer año de gobierno a una supuesta “foto de ruptura” con los aliados de López Obrador es un intento forzado de fabricar una narrativa que, dice ella, no se sostiene más allá de la anécdota visual.
El argumento de que “los encorralaron”, en palabras de Ricardo Monreal, se cae si se recuerda que el evento fue masivo, con estrictas medidas de seguridad y logística ajustada al protocolo presidencial. En actos de esta magnitud, el acomodo suele responder más a la operación técnica que a la estrategia política. Quizá eso fue lo que pasó.
Además, si algo ha caracterizado a Sheinbaum desde antes de asumir la presidencia, es su decisión de no gobernar con vendettas. No ha desatado purgas internas, ni ha hecho del distanciamiento con López Obrador un punto de ruptura. Por el contrario, su discurso ha sido de continuidad, de transición ordenada, sin fracturas públicas. Su frase “no hay ningún mensaje” encaja con ese estilo.
Los intentos por convertir una fila de asientos en un drama de poder no son nuevos. Lo hicieron antes con López Obrador y ahora buscan hacerlo con Sheinbaum. Pero la presidenta parece haber aprendido que no vale la pena alimentar ese circuito de sospechas. Cuando responde con calma y llama “chismes” a lo que otros quieren convertir en complot, desactiva la bomba mediática.
Atribuirle intenciones ocultas a la colocación de esa valla es ignorar que Sheinbaum no necesita demostrar quién manda, porque su autoridad ya está en ejercicio. Si no lo creen, que se miren sus acciones recientes por medio de Omar García Harfuch.
No hubo, pues, “encierro” simbólico ni “castigo político”, sólo una lectura equivocada de un evento público.
Al final, los rumores seguirán flotando, pero la presidenta los desmonta con la mayor arma que tiene: el pragmatismo de actuar según las circunstancias.
En esta ocasión, las vallas no fueron un castigo ni un mensaje. Así lo asegura la inquilina de Palacio. Y no queda más que creerle… y seguir adelante.
