𝐓𝐚𝐱𝐢𝐝𝐞𝐫𝐦𝐢𝐬𝐭𝐚 𝐝𝐞 𝐩𝐚𝐥𝐚𝐛𝐫𝐚𝐬
Si Julio Cortázar hubiera escrito un cuento titulado “Capicúa”, quizá habría empezado por el final. En su universo, donde los relojes giran al revés —porque él altera la lógica temporal y narrativa—, el nombre mismo sería una metáfora perfecta: lo que empieza y termina igual.
La palabra “capicúa” parece inventada para el juego, pero termina revelando una pequeña filosofía del mundo. Desde su sonoridad rítmica hasta su significado preciso, encierra la sensación de que el orden y el azar pueden encontrarse, aunque sea por un instante.
El periodista y escritor Martín Caparrós recuerda con humor el momento en que, siendo niño, descubrió el vocablo. Cada mañana, al subir al autobús en Buenos Aires, alguien le enseñó a revisar los cinco números del boleto. Si podían leerse igual de atrás para adelante (como 57275), el número era capicúa. No había premio alguno, salvo la alegría de haber encontrado un signo de suerte.
El término procede del catalán “cap i cua”, que significa literalmente “cabeza y cola”. Se forma con “cap” (del latín “caput”, “cabeza”), la conjunción “i” (“y”), además de “cua” (del latín “coda”, evolución de “cauda”, “cola”). Al incorporarse al español, la expresión experimentó un proceso de fusión léxica, pues las tres palabras se soldaron en una sola, perdiendo su estructura original, pero conservando su sentido. Es decir, la cabeza y la cola, el principio y el fin, se reconocen como idénticos.
La Real Academia Española la recoge como sustantivo de género ambiguo —“el capicúa” o “la capicúa”— y también como adjetivo invariable —“número capicúa”, “fecha capicúa”—. Esta flexibilidad gramatical revela su plena integración en el español y su paso de curiosidad regional a patrimonio lingüístico común.
Existe, como señala Caparrós, un término más académico para el mismo fenómeno: “palíndromo”, del griego “palin dromos”, “que corre hacia atrás”. Sin embargo, hay matices de uso que los separan. Palíndromo se aplica preferentemente a palabras o frases —“Anita lava la tina”, “Dábale arroz a la zorra el abad”— y suele habitar el territorio del ingenio literario o la filología. Capicúa, en cambio, pertenece al mundo cotidiano, como el caso de los boletos, las placas, las fechas o los pequeños signos del azar urbano.
No obstante, su historia no se agota en lo lingüístico. El capicúa tiene una dimensión antropológica que habla de nuestra necesidad de encontrar patrones significativos en el caos. Su rareza estadística —uno entre cien boletos de cinco cifras— explica la euforia de quien lo encuentra. Es la irrupción del orden en lo fortuito, una pequeña grieta luminosa en el azar cotidiano. Tal vez por eso, en muchos países, un número capicúa se considera de buena suerte, una señal de que las cosas, por fin, encajan.
Más allá de sus usos metafóricos o académicos, capicúa conserva un aire de inocencia. Hay quienes aún sienten una satisfacción inexplicable al hallarlo en el cajero automático, en una matrícula o en una fecha del calendario —como aquel 22/02/2022, celebrado por su equilibrio perfecto—. En un mundo de desajustes, su simetría ofrece una tregua, un instante de belleza aritmética.
La digitalización del transporte público, que sustituyó los boletos impresos por tarjetas electrónicas, amenaza con convertir al capicúa en una reliquia del siglo XX. Puede que, despojado de su soporte físico, sobreviva como metáfora para nombrar esas raras ocasiones en que el principio y el fin se tocan, en que la vida parece girar sobre sí misma y reconocerse en su propio reflejo.
En el fondo, capicúa no es solo un número que se lee igual al derecho y al revés. Es un recordatorio de que la belleza, a veces, cabe en una simple coincidencia. Quizá por eso, cuando aparece, nos arranca una sonrisa: una sonrisa que también, curiosamente, podría leerse igual de adelante hacia atrás.
