¡Nunca me había costado tanto trabajo esta reparación! ¡Algo extraño había en este aparato! ¡Las interferencias habían agotado mi paciencia! ¿Sería una señal del más allá?
Este enigmático caso le sucedió en carne propia a don Óscar, un famoso técnico en electrónica a quien le llevaban aparatos a reparar cuando en otras partes no habían podido encontrar la falla.
Motivado por los interesantes relatos en este espacio periodístico, el señor Óscar se considera de los ya pocos técnicos en electrónica, puesto que con la moda de tecnología china, muchos aparatos se consideran desechables y la gente ya no quiere mandarlos a reparar cuando sufren alguna falla.
Pero lo cierto, asegura don Óscar, es que casi todos los aparatos, como radios, modulares, bocinas, televisiones llamadas «panzonas» y las nuevas conocidas como planas, tienen reparación; es cosa de aplicar todos los conocimientos para dar con el desperfecto.
Don Óscar sostiene que en toda su experiencia como técnico, muy pocos aparatos —y me sobran dedos al contarlos con la mano— me dieron dificultad para dejarlos reparados de manera satisfactoria, ya sea por la clase de la pieza o porque definitivamente su propietario ya no le quiso meter más dinero para arreglarlo, pero eso ya no está en nuestras manos.
»Aquí a mi taller», afirma nuestro entrevistado, «han venido toda clase de personas, desde el más humilde hasta el de la más alta sociedad, pues los aparatos eléctricos no tienen categoría social y se atiende a las personas como a los artículos, por igual».
»Así como me han traído aparatos de última moda tecnológica, también me han llegado muy antiguos que todavía están funcionando, como los radios que es común que me traigan a componer».
En una ocasión, el año pasado, como en octubre, llegó una señora ya adulta mayor con muchas dificultades para caminar. Trajo en una bolsa de plástico un radio muy viejo, pero bien conservado, pues con él se enteraba de todas las noticias y diferentes programas de distintas radiodifusoras.
Hice la revisión de rigor al pequeño aparato y, ciertamente, el radio era muy viejo en su carcasa, pero funcionaba correctamente, según me comentó dicha señora.
Acordamos el precio de la reparación y que quedaría en dos días. Por lo tanto, debido a la utilidad para la clienta, me esmeré en ponerle atención, no obstante tener otros trabajos pendientes.
El señor Óscar le cambió al radio una resistencia y pegó perfectamente unos cables un tanto desgastados por los años, así que le dio limpieza general, porque debería quedar listo para que su dueña no siguiera perdiendo el hilo de las noticias y sus programas de entretenimiento.
»De pronto, cuando yo estaba checando varias estaciones», subraya don Óscar, «el radio comenzó a tener interferencias muy extrañas que no entendía… yo le cambiaba a otros números del cuadrante, pero seguía escuchando unas raras voces… no eran otras… eran las mismas que algo querían decir, pero no entendía».
Cuando la señora llevó al taller ese radio, no sonaba nada… nada se escuchaba.
Con mi reparación volvió el sonido y todo bien. Solo fue cuando le daba una checada general para dejarlo listo cuando volviera la señora y lo llevara.
El detalle fue que durante ese día me dediqué a dejarlo reparado de todo… me costó trabajo, finalmente, pero al fin quedó sonando y cambiando perfectamente las radiodifusoras del cuadrante. Me absorbió bastante tiempo, pero comprobé que ya había quedado reparado y solo había que esperar a que lo recogieran.
Pasaron dos días más y se pasó la fecha acordada para recogerlo, pero ahí estaba el radio en la misma bolsa en que lo llevó su propietaria.
Al taller llegó un joven llevando en la mano un recibo y, al checar la nota de qué se trataba, comprobé que venía por ese radio de la señora. Por curiosidad le pregunté por ella y me dijo que tenía tres días de haber fallecido… ese muchacho era uno de sus nietos.
Comentó que entre sus cosas personales encontraron el recibo del taller y que todos en la familia se habían extrañado de no ver el tradicional radio de la abuela en su sitio privilegiado… que solo ella tocaba para encender o apagar… a un costado de su sillón.
Mucho sentí la ausencia de esta señora porque, aunque no la conocía, me llenó de tristeza y ternura por el valor que para ella representaba ese aparato.
Se cree que este tipo de aparatos electrónicos guardan cierta energía de la persona que los manipula o por el tiempo que mantienen esa convivencia del funcionamiento y la utilidad.
¿Tiene usted en su casa un radio que utiliza gran parte de su tiempo en su hogar? ¿Esas interferencias habrán sido una señal del más allá por la energía que guardan estos artículos electrónicos?
