Todos hablábamos tranquilos mientras trabajábamos. ¡Un chamaco creyéndose valiente fue quien lo invocó! ¡Todo fue tan real que su aparición nos asustó y corrimos a escondernos! ¡Con la cosa mala no se juega, porque te escucha!
Fue don Miguel el que tuvo el atrevimiento de contar lo que les pasó a finales del mes de octubre del año pasado.
Argumenta nuestro entrevistado que esta amarga experiencia solo la conocen quienes la vivieron en carne propia… y hoy sale a luz pública.
Miguel sostiene que él es dueño de una carnicería de res en una zona ejidal de este municipio de Centro, y que a la matanza de la novillona asisten cuatro muchachos más: unos que ya saben y otros que están aprendiendo el sacrificio del animal.
Ilustra don Miguel que «el palo» donde se amarra la res está un poco más atrás del predio y debemos pasar por un portón, en tanto que el local para el expendio de la carne se ubica más adelante, cerca de la carretera.
En eso estábamos, siendo las dos y media de la madrugada, y cada quien sabía su función, como la de sujetar el animal, dejándolo inmóvil para iniciar el ritual del sacrificio.
Una vez que ya perdió los signos vitales la novillona, damos inicio a quitar el cuero cuidadosamente, después abrimos y vamos seccionando su cuerpo.
Pero en ese ínterin, debido a las altas horas de la madrugada, se da pauta a diversos temas que sirven de entretenimiento y así mantenernos despiertos para evitar un error durante el manejo de los filosos cuchillos y hachas que se utilizan en este proceso.
Nunca falta aquel que se cree más que los demás. Por tanto, Pedro, que es un muchacho con poca experiencia pero con mucho valor y ganas de aprender, manifestó su valentía a todo lo que se mueva de noche y de día.
Llegó al grado de hacerse creer ante los otros jóvenes de ser el más fregón de los presentes, y uno de sus compañeros le dijo, probando su valentía: ¿Qué tal si se te apareciera el Diablo en estos momentos, tú qué harías?
De inmediato Pedrito, con 18 años, externó: ¡Yo no le tengo miedo a nadie ni a nada! ¡Así me han enseñado a enfrentar todo con mucho valor!
La neblina era más espesa que la de costumbre y este muchacho, queriendo quedar bien ante todos, exclamó: ¡Diablo, hazte presente para mostrar mi valor ante estos «apachurrados» chamacos que le tienen miedo a todo!
Todos rieron y hasta se burlaron de Pedrito, quien todavía, retando a lo desconocido, insistía en su negativo proceder de hacerse el valiente.
Por esa actitud, don Miguel mejor intervino para que nadie se distrajera y siguieran en la «matanza» de la res. —¡Tranquilo, Pedro, déjate de tonterías! ¡No invoques a lo desconocido porque estamos ocupados y trabajando, necesitamos terminar para tener lista la carne para la venta!
De pronto, dos de los muchachos dieron la voz de alarma de que a lo lejos y entre la niebla había «alguien» rondando el predio.
Y en efecto, todos dejaron de hacer sus maniobras en la matanza y escudriñaron con sus miradas entre la espesa vegetación y neblina una figura a caballo que se dirigía hacia ellos.
Todos susurraron no saber de quién se trataba o qué era eso que se movía de un lado a otro fuera del portón con cadena que separaba esa zona con el local de la carnicería.
Llegó el grado de que quien cabalgaba dio un fuerte golpe a la reja y se escuchó exageradamente el metal de la cadena y las barras metálicas. —¡¿Qué fue eso?! —gritaron todos muy asustados.
Y entonces el inquieto chamaco Pedrito exclamó: —¡Es el mismísimo Diablo! ¡Vámonos de aquí!
Al unísono los demás le gritaron a Pedrito: —¡Noooo! ¡Ahora ve y habla con él! ¿No que muy valiente? ¿No que no le temes a nada ni a nadie? ¿Tú fuiste quien lo invocó? ¡Ve! ¡Corre y dile!
Entonces interviene don Miguel para calmar la situación y les dice a todos: —¡Tranquilos, chamacos! ¡Apúrense y llevemos la carne en «canal» al local de la carnicería y ahí nos quedamos un buen rato mientras esa «cosa» se va de este lugar!
Pero inesperadamente Licho, que es otro de los muchachos en la matanza y que hace algunos años fue monaguillo de la iglesia de San Miguelito en esta comunidad, acordándose de sus buenos oficios religiosos comenzó a rezar el Padre Nuestro y el Ave María. Y fue entonces que esa silueta maligna lentamente dio la retirada y se fue alejando. ¡Se fue alejando! ¡Se fue perdiendo entre la neblina! —¡Ufff! ¡Un milagro inesperado!
Esta pausa fue propicia para que todos cargaran con lo que podían de carne y la llevaron de inmediato al local de la carnicería y, acarreando todo, optaron por quedarse en el interior de esas instalaciones para abrir el expendio de carne a las seis de la mañana, que ya había «aclarado» y comenzaba a llegar la clientela por el producto cárnico.
Todos dejaron en el olvido momentáneamente el imprevisto suceso de aquel encuentro maligno, y al terminar la jornada laboral, se quedaron a limpiar el área de trabajo y comieron unas carnes asadas acompañadas con refresco y, vino la obligada recomendación de don Miguel para todos: ¡evitar hacer invocaciones misteriosas en horas de trabajo! ¡Mucho menos hacer concursos de quién es más valiente que los demás!
Quienes creen saber de estos sucesos de invocaciones, consideran que fue un craso error el de este muchacho Pedro al creerse más valiente ante los demás, y lo más terrible fue hacer estos retos en la hora equivocada: ¡invocar a lo desconocido y fuerzas del mal! Pero también hacer estas bromas escalofriantes en un entorno con vegetación y neblina espesa… y lo más imperdonable es hacer estos actos temerarios ante un ser poderoso y en la proximidad del Día de Muertos.
¿Usted haría lo mismo que este joven inexperto? ¿Invocar al Rey de las Tinieblas será para usted muestra de valentía? ¿Usted no le teme a lo desconocido?
